El prisionero de Zenda

Hay algunos libros que, cuando los lees, se te quedan grabados en el corazón.

Me ocurrió esto cuando leí El prisionero de Zenda siendo apenas una adolescente; tal vez fue porque hablaba de princesas y príncipes, o porque había lucha con espadas y aventuras —algo que me fascinaba entonces, las espadas, las ballestas, las armaduras… y me sigue fascinando—, o simplemente por su preciosa historia de amor. No lo sé, lo único que sé es que nunca me he olvidado de él, por eso quería compartir con vosotros algo de esta fantástica novela que quizás a algunos pueda parecerles anticuada, pero que es, y seguirá siendo, un clásico.

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El prisionero de Zenda vio la luz en 1894 de mano de su autor Anthony Hope Hawkins (1863-1933), un caballero inglés que más soñaba con ser político que con ser novelista. Quiso la fortuna que, a pesar de haberse presentado como candidato por el Partido Liberal en 1892, no saliese elegido, lo que supuso para nosotros, lectores, una ganancia. Dos años después, su novela se convirtió en un éxito literario y él alcanzó más fama de la que nunca pudo imaginar.

Sir Anthony —título que obtuvo por su labor propagandística en favor de Gran Bretaña durante la Primera Guerra Mundial—, había nacido en el Londres de las fábricas y la revolución industrial en 1863. Estudió en la Universidad de Cambridge preparándose como abogado, oficio que ejerció hasta 1894 cuando, tras el éxito de su novela, decidió convertirse en escritor profesional, aunque ya había publicado con anterioridad tres novelas y varios artículos periodísticos.

zendaEl prisionero de Zenda se sitúa en el imaginario país de Ruritania ubicado en la Europa Central. Durante la época victoriana, muchos jóvenes aristócratas solían hacer el Gran Tour por Europa antes de sentar cabeza y formar una familia para obtener el tan preciado heredero que reclamaba la sociedad inglesa, aunque también algunas damas se atrevieron a pasearse por esos rincones del continente en busca de aventuras, tal vez amorosas.

El principal protagonista es Rudolf Rassendyll, pero dejemos que se presente él solo:

Observará el lector que mi cuñada, dando muestras de escasísima lógica, se empeñaba en considerar mi rojiza cabellera casi como una ofensa y en hacerme responsable de ella, apresurándose a suponer en mí, sin otro fundamento que esos rasgos externos, cualidades que por ningún concepto poseo, y mostrando como prueba de tan injusta deducción, lo que ella daba en llamar la vida inútil y sin objeto determinado que he llevado hasta la fecha. Sea de ello lo que fuere, lo cierto es que esa vida me ha proporcionado no escaso placer y abundantes enseñanzas. He estudiado en una universidad alemana y hablo el alemán con tanta facilidad y perfección como el inglés; lo mismo digo del francés, mascullo el italiano y sé jurar en español. No tiro mal la espada, manejo la pistola perfectamente y soy jinete consumado. Tengo completo dominio sobre mí mismo, no obstante el color engañador de mis cabellos; y si el lector insiste en que a pesar de todo lo dicho me hubiera valido más dedicarme a algún trabajo útil, sólo añadiré que mis padres me habían dejado en herencia diez mil pesos de renta y un carácter aventurero.

Rudolf Rassendyll es un joven caballero que decide viajar a Ruritania para asistir a la coronación del rey, a quien podría considerar primo lejano suyo y con el que comparte características físicas notorias, como el cabello pelirrojo o la nariz puntiaguda, incluso el tono de la voz. Será precisamente este parecido con el rey lo que lo meta en una aventura que él aceptará como una misión, y que cumplirá con la lealtad y el honor propios de cualquier caballero inglés.

Cuando el rey se ve impedido de llegar a tiempo para la coronación, sus amigos y consejeros más allegados deciden que Rudolf bien puede sustituirlo —al fin y al cabo será por poco tiempo—; el problema aparecerá cuando, después de la coronación, descubren que el rey ha sido secuestrado por su hermano, que desea apoderarse del trono, ¿y acaso también de la princesa Flavia, con la que el rey está comprometido?

Enamorarse de la princesa no entraba en la ecuación de Rudolf cuando aceptó salvar al rey, y será algo con lo que tenga que lidiar, si bien no será necesario que use su espada, tal como lo hará cuando se enfrente a Miguel el Negro.

Los balcones de aquella pieza daban a los jardines del palacio. La noche era hermosísima. Flavia tomó asiento y yo permanecí en pie ante ella. Luchaba conmigo mismo y creo que hubiera triunfado si en aquel momento no me hubiese dirigido ella una mirada breve, repentina, que equivalía a una interrogación; mirada a la que siguió fugaz rubor.

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La historia está narrada con un estilo fresco, carente de artificio y sin exceso en las descripciones o en los diálogos, lo que permite que la narración fluya de forma amena y ágil. Si algo destaca en esta novela es la fina ironía que nutren los personajes en sus conversaciones, especialmente las acaecidas entre Rudolf y Miguel. Puesto que el equilibrio diplomático es frágil, el presunto rey no tiene más remedio que usar la afilada espada de su lengua para derrotar a su adversario y secuestrador del verdadero rey.

Tras el éxito de esta novela, Sir Anthony escribió Ruperto de Hentzau, convirtiendo así la historia en la saga Ruritania, sus libros más destacados entre los 32 que escribió.

¿Cuál fue el secreto del éxito de esta novela? Arturo Pérez-Reverte, quien prologó la novela en la edición especial que se publicó en 2016, lo explicaba así:

Hay novelas que contienen un doble misterio. Uno de esos misterios es el de la historia que su autor cuenta en ellas: un peculiar atractivo que, gracias al talento y al oficio de quien las escribe, puede mantener a un lector —incluso a millones de lectores— atrapado entre sus páginas, viviendo las peripecias que allí se narran, olvidado por completo del mundo real. Aunque hay un segundo misterio más sutil cuyo secreto nadie ha podido desentrañar aún, pero que es causa del torrente de luz que deslumbra la historia misma, la in­dependiza de su tiempo, de sus lectores e incluso del propio escritor, y pasa a convertirla en algo especial. A integrarla en el muy selecto club de los libros que nunca envejecen.

El prisionero de Zenda es una de esas novelas privilegia­das. 

Lo cierto es que las aventuras que contiene, la historia de un amor imposible, los maravillosos personajes (caballeros, espadachines y villanos), no dejan indiferente a nadie y nos atrapan en el fabuloso mundo de Zenda, entre las piedras frías de los muros de su castillo o los extraordinarios paisajes recorridos a caballo.

Seguramente es una buena lectura para cualquier época del año, para cualquier tiempo y para cualquier edad, y espero que podáis disfrutarlo si os animáis a leerlo.

¡Buena lectura!

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