Argmenon. Capítulo 4

Capítulo IV

La caza de los tysarus

—¡Shatai! —lo llamó Urrok entrando de nuevo en la sala. Esperó el casi imperceptible gesto de Argmenon para hablar. Había formado parte del ejército de Argmenon en la Antigua Guerra, pero de aquello hacía ya mucho tiempo, porque ellos, los Osyawin, como los Layowin, vivían mucho más que los mortales comunes. Sí, había pasado mucho tiempo, y Argmenon era muy distinto de aquel joven al que había seguido, ilusionado, para alzarse con el poder. Ahora el poder estaba cerca, pero ya no había ilusión, solo odio y violencia… y miedo—. El muchacho no está en el castillo. Hemos buscado también en las calles, pero nadie lo ha visto. Ahora estamos registrando las casas.
Si no lo han encontrado, pensó Hàdam, es porque ha logrado escapar. ¡Bendito seas, muchacho!

—No —lo contradijo Argmenon. Aquella voz fría y calmada ponía a Urrok más nervioso que su furia—. Si no está en el castillo quiere decir que ya no se encuentra en la ciudad. No se escondería en una de las casas sabiéndose rodeado de un ejército, a menos que fuese un estúpido. Pero no creo que el rey Hàdam haya escogido para una misión tan delicada a un estúpido. ¿O me equivoco? —preguntó dirigiéndose al rey.

Hàdam permaneció en silencio. No podía traicionarse a sí mismo. Sabía que se exponía a la tortura, y todavía no sabía de lo que era capaz Argmenon para lograr lo que quería. Sin embargo, no podía hacer otra cosa que ganar tiempo para que Irgam se encontrase lo más lejos posible cuando comenzaran a buscarlo.

—No hay hombres estúpidos entre los soldados de Therram —fue todo lo que dijo.
—¡Quiero que me traigáis al muchacho, esté donde esté! —ordenó Argmenon.
—¡Sí, Shatai!

El golpe del puño sobre la armadura negra resonó en la sala.
—¡Urrok! —volvió a llamar. El soldado se giró hacia Argmenon—. Lo quiero vivo.

Una leve inclinación de cabeza fue el único signo de haber comprendido. Urrok desapareció por la puerta llevando tras de sí un grupo nutrido de soldados mientras vociferaba sus órdenes.

—¡Buscad cualquier abertura en la muralla. Vigilad desde los puestos de guardia de las almenas todas las salidas de la ciudad. Encontrad cualquier huella o traza de él! ¡Vamos!

Los soldados se dispersaron.

En la sala quedaron solo Argmenon y Hàdam, custodiado por dos vigorosos guerreros de cuyo cuello pendía el medallón de la serpiente, símbolo de la esclavitud. No eran Osyawin de nacimiento. Se habían dejado envolver por la oscuridad y ahora eran sus servidores. Argmenon giraba en torno al rey como un animal a punto de lanzarse sobre su presa. Hàdam trataba de controlar la tensión que se acumulaba en sus músculos. Cuanto más tiempo permanecía Argmenon en silencio girando a su alrededor, más crecía en su interior un miedo que se volvía incontrolable, como si una mano invisible hubiese cogido su corazón y lo estuviera apretando hasta hacerlo saltar en mil pedazos. Podía sentir en el pecho una fuerte punzada. Pensó en Elethia, su mujer, y en su hijo Kaino. El dolor se hizo más fuerte y lo obligó a doblarse. Seguramente Argmenon lo estaba embrujando con sus artes oscuras. Un sudor frío comenzó a bañarle la frente. ¿Cuánto tiempo más podría resistir así antes de morir?

—No, no creas que te dejaré morir así. Sería demasiado fácil para ti, demasiado cómodo. ¿O es que crees que mereces una muerte gloriosa, como la de un héroe? —le susurró. Hàdam sintió que una sombra cubría sus ojos. Delante de él se desdibujaban las cosas. Cayó de rodillas. Un dolor agudo le atravesó el corazón y su rostro se contrajo—. No mereces una muerte dulce, Hàdam. En el fondo, tú y yo no somos tan distintos, ¿sabes? —continuó Argmenon mientras seguía girando en torno al rey. Su voz le recordó a Hàdam el siseo de una serpiente. Un nuevo dolor lo golpeó, como si un dedo helado lo tocase—. También hay ambición en tu corazón. Sí. He visto la ambición en tus ojos. Podrías lograr lo que deseas, si quisieras. Tú y yo trabajaríamos bien juntos. ¿Por qué dejar que otro se quede con la gloria que pueden traerte las rosas? Tú podrías seguir reinando, junto a tu mujer y a tu hijo. Tendrías poder, verdadero poder. Serías un gran rey. El más grande y poderoso de todos los reinos. Más grande que tu padre…

Aquella voz susurrante le provocaba náuseas, y, sin embargo, sentía la seducción de sus palabras. Volvió a pensar en Elethia y en Kaino. Las sombras danzaban ante sus ojos; parpadeaba tratando de apartarlas, pero no desaparecían. Sintió que iba a desmayarse.

En la mente de Hàdam se dibujó el rostro de su padre. Lo había querido mucho, lo había admirado siempre, y le había fallado. No había sido capaz de mantener la promesa de silencio sobre las rosas. La ambición lo había cegado y quiso usar esos poderes para sí… Lo más preciado que un rey posee son sus súbditos, no lo olvides. Las palabras de su padre le tocaron el corazón y parecieron sanarlo de aquel dolor que lo oprimía. Allí mismo, clavado de rodillas en el suelo, aceptando la muerte que le rondaba, luchaba con sus últimas fuerzas por sus súbditos, no por él. En su interior, pidió perdón a su padre, y sintió que aquel perdón le llegaba hasta lo más profundo. Las sombras empezaron a desvanecerse. El dolor fue cediendo. Aunque débil todavía y tembloroso, trató de ponerse en pie. Ante él se erguía una única sombra negra. Argmenon lo agarró del pecho y le obligó a levantarse. Su puño, cerrado sobre las ropas de Hàdam, temblaba de ira.

—No merece la pena ser rey en la oscuridad.

—¡Eres un estúpido, Hàdam! —le gritó Argmenon perdiendo por primera vez la compostura—. Te estoy ofreciendo lo que nadie puede tener si no se lo doy yo y lo estás rechazando. Pero no te va a ser tan fácil librarte de mí. Ya caíste una vez, caerás otra. Sí. ¡Llegarás a ser un servidor de la Oscuridad! —afirmó mientras lo empujaba hacia atrás. Los guardias lo sujetaron antes de que cayera—. ¡Lleváoslo al barco junto con los otros prisioneros!

Los soldados arrastraron al rey, debilitado por la lucha interior, y lo sacaron de la sala.

*****

La espesura del bosque le impedía caminar más rápido. Además, no sabía exactamente hacía dónde se dirigía. Le preocupaba no encontrar el caballo que había dicho Radhí, suponiendo que no le hubiese mentido. Sin caballo la huida sería demasiado lenta y las probabilidades de que lo capturasen demasiado altas.

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Avanzaba lentamente, procurando no hacer demasiado ruido al pisar. El suelo estaba lleno de pequeñas ramas caídas que crujían cuando las pisaba. Temía que algún centinela pudiese estar de guardia fuera de la muralla y lo escuchase. Hasta aquel momento nada le había hecho sospechar que lo estuviesen buscando más allá del muro exterior, pero no podía fiarse.

Procuraba caminar a la sombra de los árboles, en las zonas más oscuras. Allí donde los árboles se apartaban para dejar entrar los rayos de luz de la luna, estaba desprovisto de protección y tal vez podía ser visto desde las almenas.
Un ruido atrajo su atención. Era como una respiración profunda. Se detuvo a escuchar. Una nueva respiración y un resoplido. Era el caballo. Avanzó en la dirección en que lo había escuchado y procuró no espantarlo.

—Tranquilo, muchacho —le murmuró acariciando el lomo negro y brillante del animal—. Es hora de irnos.

Desató las riendas del árbol y buscó un lugar hacia el cual dirigirse que no fuese demasiado estrecho para el paso de los dos. En la arboleda no se distinguía ningún camino ni había rastro de senderos.

Hacia el sur se encontraba la tierra de los Osyawin, cruzando el Mar Igneo o Mar de Fuego. Hacia el norte, el reino de Irdacur, con la ciudad fortificada de Hürr. Pensó en dirigirse directamente hacia el camino del norte, pero se dio cuenta de que sería el primer lugar al que se dirigirían para buscarlo. Así que, aunque implicase algo más de riesgo y de tiempo, prefirió coger hacia el suroeste para doblar hacia el norte antes de llegar al páramo de Anhimer. Conocía algo la zona por los mapas que había estudiado para algunas incursiones de exploración que habían realizado, pero nunca había penetrado en el corazón de esas tierras.

Irgam sintió que renacía en él la esperanza. El bosque se abría cada vez más y podía avanzar con mayor velocidad. Aún no estaba demasiado lejos del castillo, así que prefirió esperar antes de montar el animal.
—Amigo, nos espera una buena caminata, así que espero que hayas descansado y te hayas alimentado bien.

El caballo bufó en señal de respuesta y meneó la cabeza agitando la crin negra y sedosa. Era un magnífico ejemplar. Le acarició la cabeza, pero el animal tembló y relinchó nervioso. El sonido lejano y hueco de un cuerno de caza lo había sobresaltado. Irgam se quedó helado. No había tiempo ya para seguir buscando una senda. Subió sobre el caballo y lo espoleó con fuerza.

El animal empezó a correr. La distancia entre los árboles le facilitaba la carrera, y esperaba que más adelante el terreno se hiciese más abierto y terminase la arboleda. Un aullido terrible llegó a sus oídos. Nunca había oído nada igual. No eran lobos, de eso estaba seguro, ni perros. ¿De qué tipo de animal procedía aquel sonido? El caballo se puso nervioso y tuvo que controlarlo.

—¡Venga, amigo, no puedes fallarme ahora! Hay que ponerse a salvo de lo que sea que hayan echado tras de nosotros.

Los aullidos empezaron a multiplicarse. Se oían también gruñidos. Irgam mantenía firme al caballo en la misma dirección. La luz de la luna pareció aumentar de intensidad. Allí, en medio de los claros de la arboleda, era un blanco fácil.

*****

—¡Shatai!, hemos encontrado estas ropas en una de las habitaciones —dijo el soldado mostrando el traje de Irgam.
Argmenon no se volvió para mirar. Sabía bien lo que había de hacer.

—Los tysarus…

—Sí, Shatai.

Con una reverencia, el soldado abandonó la sala.

*****

—Eh, Virko, ¿se te acabó la fiesta? Ya no vas a poder hacer apuestas, es una pena, me hubiera gustado ver cómo uno de esos monstruos hacía desaparecer tu cabeza hueca de un mordisco.

Todos los hombres que había en el corro rieron la broma. Todos menos Virko.
—Algún día borraré esa estúpida sonrisa de tu cara —murmuró Virko entre dientes—; cuando los tysarus salen de caza siempre puede haber accidentes.
—¿Qué?, ¿te has quedado sin palabras? Venga, no llores; los niños buenos como tú no lloran —lo provocó. Apoyó su mano sobre el hombro de Virko que lo rechazó inmediatamente. La burla provocaba carcajadas—. Mira, para que no te entristezcas voy a apostar todo mi dinero —hizo una pausa a propósito— …a que todos esos amigos tuyos no dan alcance al muchacho. Seguro que son tan rápidos como tu cerebro.

Las risas burlonas, la mofa que de él se hacían, encolerizaron a Virko. Se giró veloz y tomó a su adversario por el cuello.
—¡Ten mucho cuidado, Trekko, mis amiguitos pueden no ser tan cariñosos como yo!

La frase de amenaza no pareció surtir demasiado efecto en Trekko que se soltó de la mano que lo aprisionaba y se echó a reír despreocupadamente.
—Eso ya lo veremos.

—¡Hey!, vosotros, los de los tysarus —llamó una voz encolerizada—, dejaos ya de charlas y poneos a trabajar. ¿Quién se encarga de estas malditas bestias?

Virko se adelantó. Llevaba el cuerpo cubierto de pieles malolientes y los antebrazos protegidos con un tipo de cuero negro, duro y resistente. Los tysarus no siempre respetaban a sus dueños.
—¿Tú? —le preguntó con un tono de voz cargado de escepticismo mientras recorría a Virko de arriba abajo con la mirada. El domador era solo un muchacho, de unos dieciséis años, más bien bajo y delgado. El cabello le caía largo y desordenado sobre los hombros. Una gran cicatriz le surcaba la mejilla izquierda, desde el ojo hasta la mandíbula—. No pareces un domador… —prosiguió el hombre pensativo, aunque los ojos almendrados de Virko hablaban de su procedencia de tierras lejanas.

Quizás esperaba alguien menos joven, más alto y fornido, dada la fiereza de las bestias. Sin embargo, lo que caracterizaba a Virko era su destreza con esos animales con los que casi se había criado desde niño. Finalmente el hombre se encogió de hombros.

Virko no había respondido a la alusión. Había esperado con paciencia, la misma que empleaba en el entrenamiento de sus bestias, pues sabía bien que su aspecto de muchacho débil siempre ejercía ese efecto en quienes buscaban un domador de tysarus.
—Aquí tienes las ropas del muchacho —le dijo, extendiéndoselas. Virko las tomó y las arrojó en medio de una de las jaulas en la que había tres tysarus. Estos se revolvieron como fieras salvajes y desgarraron las telas con sus enormes dientes—. Argmenon lo quiere vivo —dijo el hombre con una mueca al contemplar la escena.

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Muchos conocían a los tysarus; animales salvajes que vivían en las montañas, como lobos gigantescos de pelo grisáceo, patas corpulentas y cabeza peluda en la que brillaban dos ojos amarillentos. Eran expertos en dar caza a cualquier cosa. Sin embargo, pocos eran los que habían tenido oportunidad de verlos en acción, pues casi siempre los usaban para diversión de apuestas o para acabar con los esclavos. Ahora era otra cosa. Se trataba de una verdadera caza. Una caza humana.

Por primera vez Virko abrió la boca.
—Estos tysarus están entrenados. Yo mismo me he encargado de ello. Solo saben cazar, pero conocen la diferencia entre estas dos palabras: Vhirma y Drusca —usó el lenguaje de los Osyawin; un lenguaje antiguo que pocos conocían, a pesar de portar el medallón de la serpiente—, vida y muerte.
—¿Vida y muerte? —repitió el hombre sin terminar de comprender.
—Sí —Virko desvió ligeramente la mirada hacia Trekko que conversaba con otros compañeros—. En mis manos tengo la vida o la muerte de aquellos a quienes dan caza mis tysarus —repuso. En sus ojos se encendió un brillo maligno.
—¡Pues procura que esta vez no se equivoquen! —replicó el otro con desdén—. A Argmenon no le haría ninguna gracia —agregó. Se dirigió luego hacia los demás—. ¿Quiénes son los hombres que acompañan la caza? ¡Que se preparen ya!

Trekko y otros cuatro hombres, más fornidos y atléticos, se adelantaron y comenzaron a quitarse las armaduras negras. Si tenían que correr detrás de los tysarus, más les valía ir ligeros. No podían ir a caballo, o corrían el riesgo de que los hambrientos animales los tomasen por la presa. Debían correr detrás, a bastante distancia, pero siguiéndoles siempre el ritmo, y dejando que el domador los alejase o los frenase según las circunstancias.

Virko se dirigió a la jaula donde se veían algunos retazos de las ropas destrozadas. Los animales estaban inquietos; giraban constantemente sobre sí mismos y trataban de morderse los unos a los otros mientras gruñían. Cuando Virko se acercó, comenzaron a gruñir con más fuerza. Uno de ellos, tratando de morderle, se lanzó hacia él golpeándose contra las barras de hierro.
—Bien, pequeños, ¿tenéis hambre? Pues hoy es vuestro día —canturreó.

Todos se apartaron a una cierta distancia y Virko abrió la jaula. Los tres tysarus, gruñendo y dándose zarpazos entre ellos para salir primero, se abalanzaron hacia la puerta. Un aullido salvaje resonó en el campamento. Los hombres que estaban más cerca se estremecieron.

Los animales comenzaron a olisquear el suelo. Poseían un olfato muy desarrollado y no tardaron en dirigirse hacia el muro oriental del castillo, por donde Irgam había escapado. Virko y los otros cinco hombres procuraban seguirles el ritmo aunque manteniéndose a una cierta distancia. Virko los dominaba con sonidos guturales semejantes a los gruñidos que los tysarus emitían.

Apenas descubrieron la salida del muro, las bestias se lanzaron a la caza. Irgam llevaba ventaja, pero los tysarus eran rápidos y estaban acostumbrados a los terrenos escarpados. No corrían juntos. Los tysarus nunca andaban en manada. Cada uno seguía su propio camino dejándose guiar por el olfato. Los seis hombres corrían tras ellos en una fila horizontal, batiendo el terreno. Virko procuraba no perder de vista a Trekko, que corría con la concentración puesta en el animal que seguía.
Nuevos aullidos de las bestias les hizo comprender que la presa estaba cerca.

*****

A Irgam le resultaba cada vez más difícil controlar al caballo. Los aullidos lo espantaban de tal manera que estuvo a punto de encabritarse en más de una ocasión. El bosque había comenzado a cerrarse de nuevo. Piedras y raíces levantadas les hacían difícil la carrera. La luz de la luna no lograba filtrarse entre la espesura del bosque. Era fácil que el caballo tropezase con alguna raíz y se rompiese una pata tirando a su jinete. Menudo final sería para su historia de héroe. Se sacudió estos pensamientos de la cabeza. No debía pensar en nada. Era de noche, y necesitaba concentrarse en el terreno para manejar al animal. Si lo alcanzaban aquellas bestias, ya pensaría entonces qué hacer. Confiaba en su destreza con la espada y los cuchillos, aunque sabía que de nada le servirían si tenía que enfrentarse con varias bestias a la vez.

Un fuerte gruñido a sus espaldas lo obligó a volver la cabeza. Uno de los tysarus se había adelantado y se acercaba peligrosamente. Espoleó con fuerza el caballo y trató de no cabalgar en línea recta para evitar que el animal los alcanzase fácilmente. Tenía que tener cuidado de no golpearse con ninguna rama. El tysarus aulló.
A una distancia mayor se escucharon otros aullidos de respuesta. Bien, pensó Irgam, si tengo que enfrentarlos, al menos que sea uno por uno. No se le había ocurrido que los animales pudiesen estar adiestrados.

Sin embargo, uno de sus perseguidores se encontraba demasiado ocupado con otra caza. Poco a poco Virko había llevado a Trekko a seguir uno de los tysarus que más se habían alejado hacia los extremos. A pesar de la luna, en algunas partes del bosque la oscuridad era casi completa. No pudiendo seguir la carrera de los animales, los hombres se habían alejado bastante de los tysarus y solo podían guiarse por los aullidos. Cuando Virko estuvo lo suficientemente lejos de sus compañeros, emitió un silbido. El tysarus que corría a bastante distancia de ellos, saltó sobre una roca y se detuvo un momento con la vista dirigida hacia Virko; sus amarillentos ojos centelleaban en la oscuridad. Con un ágil movimiento, corrió en dirección a él. En poco tiempo se encontraba delante de los dos hombres, jadeante, gruñendo.
—¡Pero ¿qué haces?! —preguntó molesto Trekko que se había detenido al ver al inmenso animal frente a él—. ¡La presa se nos va a escapar!
—No —repuso Virko sonriendo con malicia—. ¡La presa ya la hemos atrapado!
—¿Cómo lo sabes? —inquirió con desconfianza—. Yo no he escuchado nada —repuso secamente.
—No, Trekko, como siempre, no has entendido nada —le dijo Virko mientras se alejaba un poco—. El muchacho es la presa de ellos. Tú…, eres la nuestra.

Trekko dio un paso atrás.
—¡Virko!, ¿qué…, qué vas a hacer? Maldita sea, ¿te has vuelto loco? —le gritó con los ojos abiertos de espanto. Acababa de comprender el plan de Virko. Miró a un lado y a otro. En la oscuridad no podía distinguir ni rastro de sus compañeros, no sabía a qué distancia se encontraban, y casi frente a él estaba la enorme bestia. Sabía que no tenía ninguna oportunidad para huir—. ¡No lo hagas, Virko! ¡No…!
Yizail… —gritó Virko llamando al animal—, ¡drusca!

Con una sonrisa de satisfacción vio cómo la bestia se lanzaba contra Trekko haciéndolo rodar por el suelo mientras este trataba de defenderse inútilmente con un cuchillo de caza.

Se giró despacio mientras escupía en el suelo. La venganza le sabía dulce. De niño todos se burlaban de él por su estatura y su debilidad; aprendió a domar tysarus y juró que nadie se burlaría nunca más de él. Un último grito humano resonó en la noche. Virko ignoró los gritos de su compañero y echó a correr. Sintió un fuego quemarle el pecho. Levantó la mano y tocó el medallón de la serpiente que colgaba de su cuello. La piedra de fuego, del que había sido forjado, estaba caliente. Lo llevaba desde que era un bebé. Había nacido esclavo y había aprendido, a fuerza de golpes, que lo sería toda su vida. Nada ni nadie podía quitarle ese medallón, pero le gustaba la sensación de calor que desprendía cuando se corazón respondía al fuego del odio. Se sentía poderoso.

Mientras corría, escuchó los aullidos de los otros dos animales y supo hacia dónde dirigirse.

Los tysarus que perseguían a Irgam se habían acercado más a él. Era solo cuestión de tiempo el que lo alcanzaran. ¿Qué debía hacer? ¿Detenerse y enfrentarlos, o seguir cabalgando hasta que le dieran alcance? Si decidía enfrentarlos tendría que buscar un lugar adecuado, donde hubiera espacio para luchar. No tenía mucho tiempo para decidir. Un relincho desesperado del caballo lo sacó de sus pensamientos. Uno de los tysarus le pisaba los talones. Su enorme cabeza gris se distinguía perfectamente. El tamaño del animal lo intimidó. Había oído hablar de los tysarus, pero siempre creyó que eran una leyenda. Había vivido en tiempos de paz, y aquellos solo eran cuentos para estimular su natural imaginativo, hasta ese momento… Aquel animal, desde luego, no era producto de su imaginación. Aunque de momento estaba solo. No se veía ningún otro cerca.

Espoleó al caballo y lo dirigió hacia su derecha. Había entrevisto un claro donde se filtraba la luz de la luna. Tendría más oportunidades de sobrevivir si podía ver los movimientos de sus atacantes.

El caballo sintió el aliento del tysarus en sus patas traseras y, agitándose nervioso, apretó el paso en dirección al claro. La distancia entre los árboles se hizo mayor. Al sentirse más libre para galopar, el caballo sacó un poco de ventaja en su carrera. Irgam se preparó para saltar a tierra en cuanto llegase al espacio abierto. Pero no tuvo tiempo de hacerlo. El pobre animal, asustado y en carrera casi enloquecida al verse acosado por la bestia, tropezó con una gruesa raíz al entrar al claro. Irgam cayó, golpeándose la cabeza. Aturdido, meneó la cabeza para aclarar su visión. Sintió que la sangre caliente le corría por la frente. Tambaleándose, trató de levantarse antes de que le atacara el tysarus, pero la bestia había encontrado mejor diversión. Se había lanzado hacia el caballo que estaba postrado en el suelo, herido en una pata. Los relinchos eran desesperados. El pobre animal olía su propia muerte. Daba coces intentando levantarse del suelo e impidiendo al tysarus acercarse. Una coz hizo que el tysarus lanzase un aullido de dolor. Irgam quiso aprovechar la oportunidad para salir corriendo, pues sin el caballo no tendría ocasión de sobrevivir.

No pudo hacerlo. Algo lo empujó fuertemente enviándolo directamente contra el suelo mientras un dolor agudo le laceraba el brazo izquierdo. Se levantó inmediatamente, a pesar del dolor, y aferró con fuerza la espada. Delante de él una bestia enorme, jadeante, lo observaba fijamente. Irgam esperaba el ataque de un momento a otro. El brazo le dolía demasiado y la cabeza le daba vueltas. La camisa empezó a empaparse de sangre.

La herida era profunda y le impedía manejar también el cuchillo.
La bestia se movía despacio, hacia un lado y hacia otro, como si esperase órdenes de alguien. Irgam comprendió entonces que de un momento a otro podían llegar los Osyawin. Su única posibilidad de salvación era que él atacase primero. Comenzó a acosar a la fiera, tratando de vigilar al otro tysarus que seguía devorando al caballo, que yacía muerto, con las entrañas desparramadas a su alrededor.

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Irgam sintió náuseas y la vista comenzó a nublársele. La pérdida de sangre lo estaba debilitando. Tenía que actuar rápido. Se lanzó hacia el tysarus que saltó esquivando el golpe de espada y le lanzó un zarpazo de advertencia. Era demasiado ágil a pesar de su voluminoso tamaño. Irgam sabía que se enfrentaba a la muerte; pero si había de morir, prefería hacerlo con honor, luchando, que como un cobarde. Volvió a intentarlo de nuevo calculando la dirección en la que saltaría el animal. Agarró la espada con las dos manos y asestó el golpe hacia la derecha girando inmediatamente la espada en la dirección opuesta. Esta vez no falló y el animal soltó un aullido de dolor. Sin embargo, la herida no era profunda. El pelo grueso del animal le servía de protección. Comenzó a gruñirle con furia. A Irgam se le doblaron las rodillas. El esfuerzo del golpe repercutió en la herida de su brazo que latía furiosamente. la cabeza le martilleaba y supo que iba a desmayarse. Acababa de firmar su sentencia de muerte. Allí iba a concluir su misión. Pensó en las rosas. La bolsa azul todavía colgaba de su cinto. Rosas que contenían un poder extraordinario. Si él supiera cómo usarlas, las usaría en aquel momento para salvarse.

Sin darle tiempo a reaccionar, el animal se le echó encima. El peso lo tumbó, y al caer, el dolor del brazo le corrió hasta el hombro como un latigazo y casi le hizo perder el conocimiento. La espada había quedado a unos metros de él con la caída. Con las manos trataba de mantener lejos los dientes de la fiera, pero las garras se le clavaban en el pecho, si no fuera por el peto de cuero que llevaba, ya estaría muerto. El fétido aliento del animal le entraba hasta los pulmones. Estaba perdiendo fuerza. La lucha era demasiado desigual. Aún le quedaba el puñal. Si lograba sacarlo del cinto podía tener una oportunidad, pero primero tenía que apartar la cabeza de la bestia de su cara. Con un gran esfuerzo, logró moverse de lado y con todas sus fuerzas dio una patada al animal, que aflojó un poco la presión. A punto estuvo de desmayarse, le zumbaron los oídos, pero un aullido terrible le despejó los sentidos.

El tysarus que tenía encima volvió a presionar con fuerza su cuerpo y a amenazar su cuello. ¿De dónde procedía el aullido que había escuchado? Supuso que el otro tysarus había terminado su banquete y venía a ayudar a su compañero. Ya no tenía fuerzas para seguir luchando. Un sudor frío bañaba su cuerpo. Los brazos empezaban a cederle. Ya no sentía la presión de las patas del animal sobre su pecho. La sangre lo empapaba todo. Un nuevo aullido le provocó dolor. Sintió el contacto de la sangre caliente. El animal, con todo su peso, cayó sobre él, muerto. Un cuchillo le había atravesado la yugular. Irgam se desmayó.

Cuando volvió en sí, le zumbaban los oídos y se sentía débil. El tysarus muerto estaba tendido a su lado. El aire fresco lo ayudó a despejarse. Tenía que salir de ahí antes de que llegasen los Osyawin. Trató de moverse. El fuerte dolor le hizo recostarse de nuevo y cerrar los ojos. Si lo encontraban caería prisionero. Si no lo encontraban, le esperaba la muerte, desangrado. Sin embargo, prefería mil veces esa muerte lenta que caer prisionero de los Osyawin.

Sintió que una mano lo tocaba buscando algo en su cinto. Alguien intentaba quitarle las rosas de Cristal de Luz. Despacio, deslizó la mano hasta su puñal y lo extrajo con dificultad. La herida del brazo izquierdo le punzaba siguiendo el ritmo de los latidos del corazón. Abrió los ojos para asestar el golpe. A la luz de la luna pudo ver el rostro del hombre que acababa de desatar la bolsa de terciopelo azul. El puñal cayó de su mano.

—¡Raah…dì! —murmuró desconcertado.

Irgam perdió de nuevo el conocimiento.

 

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