Argmenon. Capítulo 10

Capítulo X

Odnumar

—¡Vamos, vamos, más rápido!

Los prisioneros comenzaron a atravesar el estrecho de Édolfir a la puesta del sol. El rey caminaba con la cabeza alzada. Iragum podía observarlo desde detrás de una roca sin ser visto. Desde que dejaron el palacio de Therram no lo había vuelto a ver así. Sabía que su escapada había despertado las esperanzas en todos los prisioneros. Pero para él se trataba de una esperanza perdida. No duraría mucho tiempo solo en aquellos parajes y con el hombro dislocado. Solo por pura suerte seguía aún vivo.

Mientras la hembra yalmuz lo perseguía, había tratado de pensar en cómo escapar. Sabía que era mucho más lenta que el macho y que este iba todavía muy atrás, pero por muy veloz que corriese el caballo, antes o después lo alcanzaría. Delante de él se encontraba la garganta del estrecho. Si lograba llegar hasta allí estaría a salvo. Había visto muchas veces a su padre y a sus hermanos mayores cazar un yalmuz para domesticarlo. Recuérdalo, muchacho —le había dicho un día su padre—, estas bestias son incapaces de correr en zigzag. Si alguna vez te persigue alguna, ya sabes lo que has de hacer. Nunca creyó que llegaría ese momento.

Él no quería ser pastor. Le gustaban las aventuras, los grandes desafíos, las batallas… Entonces solo era un muchacho. Al cumplir los diecisiete había dejado la casa paterna y se había enrolado en el ejército. El ejercicio físico, los duros entrenamientos y las largas caminatas habían hecho de él un hombre fuerte y ávido de demostrar esa fuerza. Sin embargo, nunca olvidaría el espanto con el que vivió su primera batalla. La guerra no estaba llena de gloria como pensaba, sino de odio, de miedo, y de un instinto sobrehumano de supervivencia.

El retumbar de la tierra le hizo volver a tomar conciencia del peligro en el que se hallaba. Obligó a su caballo a zigzaguear y comenzó a ganar terreno. Se hallaba ya cerca de su meta cuando sucedió algo inesperado. El caballo debió de tropezar con algo o se torció la pata por el agotamiento de la carrera, y ambos, caballo y jinete, rodaron por el suelo. El impacto al caer le provocó un fuerte dolor en el hombro y sintió que se desvanecía. Pero aquel no era el momento adecuado para perder el conocimiento, así que, esforzándose por volver en sí, se puso en pie tambaleante. Vio entonces cómo la yalmuz alcanzaba al caballo que había quedado en el suelo, a menos de un centenar de metros, relinchando aterrorizado. Lo embistió y lo pateó levantando una nube de polvo. No se detuvo a mirar más. Salió corriendo con todas sus fuerzas para tratar de alcanzar las primeras rocas del estrecho. Si aquellos animales no hubieran visto satisfecho su instinto de defensa y venganza con aquella pobre bestia, él no hubiera podido escapar con tanta facilidad. Por suerte para él, una vez que encontraban una víctima, no buscaban otra. Su problema consistía en que ahora se encontraba sin montura, en medio de un laberinto de piedra, y casi anocheciendo.

Cuando los yalmuz se alejaron y desapareció la polvareda, desde su escondite pudo ver lo que hacía Draivo y lo que sucedía con sus compañeros. La muerte de Dasmor le dolió profundamente.

Y ahora, ahí estaba, viendo la fila de prisioneros entrar en el estrecho. No tenía ni idea de lo que debía hacer. Podía acompañarlos durante el trayecto, esperando que se le presentase la oportunidad de un rescate, aunque sabía que resultaría una empresa imposible; además, no era eso lo que el rey le había ordenado. Aunque no le gustase, tenía que reconocerlo, aquello había sido una orden. Podía también quedarse en aquel mismo sitio a esperar que transcurriese la noche, pero si no lo hacía el frío, serían las fieras las que terminarían con él. Debía buscar un refugio, aunque no quería alejarse de sus compañeros. Sin embargo, lo obligó la necesidad.

—¡Traskor, Mirtam!, tomad un puñado de hombres y echad un vistazo por los diferentes caminos. No puede andar muy lejos el prisionero. ¡Lo quiero aquí, vivo o muerto, como sea!

La ira no dejaba a Draivo pensar con claridad. No se daba cuenta de que habiendo anochecido era mucho mejor mantenerse unidos por si atacaban las fieras.

Los soldados cogieron algunas teas encendidas y tomaron las salidas hacia los caminos más cercanos. Si no se movía pronto, la luz de las antorchas lo delataría. No tuvo más remedio que tratar de subir más arriba mientras buscaba cómo salir de ese camino lo antes posible para encontrar algún lugar donde esconderse. Sin embargo, cada vez que avanzaba un dolor agudo le laceraba el hombro y se le nublaba la vista. Un sudor frío le empapaba el cuerpo y sentía las piernas débiles. No podía continuar así por el sendero. Un resplandor cercano le avisó de que sus perseguidores se encontraban cerca. Se apartó del camino y se escondió detrás de una roca lo bastante grande como para cubrirlo. Esperaba que la luz de la antorcha no proyectase su sombra poniendo así su vida en peligro. Pegó su cuerpo a la roca todo lo que pudo.

—…ya estoy empezando a cansarme de Draivo. No tengo por qué soportar su mal humor y sus estupideces.

Las voces llegaban hasta él con claridad; seguramente se hallaban muy cerca de él. La piel del hombro le quemaba. Sabía que lo tenía hinchado; era como si un centenar de tambores golpeasen dentro de él.

—Pues intenta decírselo, a ver cómo te va —contestó su compañero con una carcajada que terminó convirtiéndose en un gruñido.

—Lo que pasa es que vosotros sois unos cobardes.

Aquellas palabras provocaron el enfado de uno de los soldados que caminaba delante. Se giró hacia su compañero cogiéndolo por el cuello.

—¡Ten cuidado con lo que dices! ¡Yo también estoy harto de ti y de tus quejas!

—¡Dejadlo ya! —intervino Traskor—, cuanto antes encontremos lo que buscamos antes regresaremos. No me gusta merodear por estos caminos. He oído hablar mucho de los lobos de las montañas y no quisiera tener el gusto de conocerlos personalmente. A ver, tú, mira por allí, a tu izquierda; y tú, a la derecha, y detrás de esas rocas.

Iragum se apretó aún más contra la roca mientras escuchaba los pasos que se acercaban hacia él. Aferró con fuerza la única arma que poseía, el cuchillo que le había dado Dasmor, y se preparó para defenderse. La tensión muscular y la presión del hombro dislocado contra la roca le provocaban un dolor terrible. Sintió que la cabeza le daba vueltas y que la náusea le subía a la garganta, pero apretó los dientes y no se movió. Los oídos comenzaron a zumbarle. Ya no podía escuchar los pasos del que se acercaba. Su visión se hizo borrosa. En aquel instante, solo alcanzó a escuchar un espantoso alarido y el grito de ¡lobos! antes de perder el conocimiento.

La luz y el calor del sol sobre su rostro lo hicieron volver en sí. Estaba tumbado junto a la roca que le había servido de escondite. Por la posición del sol debía de ser casi mediodía. Se sentó despacio, aturdido y mareado. ¿Qué había pasado? Se recostó sobre la fría piedra y trató de masajearse las sienes. Al hacerlo, un agudo dolor le recordó que el hombro seguía dislocado. Tomó una bocanada de aire para calmar las náuseas. Tenía la garganta seca y los labios hinchados. Recordó entonces que se había escapado y escondido junto a la roca; cuando estaban a punto de descubrirlo, los lobos habían atacado… pero ¿a quién? ¿A toda la caravana? Si él seguía vivo, ¿quería decir eso que los lobos habían tenido suficiente con lo que encontraron?

No sabía qué hacer. Si volvía al camino principal, tenía miedo de lo que pudiera encontrar. Si hallaba a todos muertos, ¿qué razón tendría ya él para vivir? Pero ¿y si hubiera quedado algún superviviente? Tal vez podría hacer algo. Se puso en pie, apoyándose en la roca. Sintió que las piernas no le sostenían. Hacía mucho que no había comido ni bebido nada. Aquella era una razón más para bajar; si quería sobrevivir, necesitaba comida y agua. Comenzó a descender.

Siguió el sendero que había recorrido la noche anterior. En el cielo, varias aves carroñeras hacían su vuelo en círculos y muchas descendían en picado hacia lo que sería la vía de salida del estrecho. Iragum no estaba muy seguro de querer enfrentarse a lo que vería allí abajo. Bajó un poco más. Solo entonces percibió aquel olor acre, inconfundible para quien ha participado en una batalla, el olor de la sangre. Debía haber ocurrido una masacre. Se detuvo en seco. A unos pocos metros de él yacía un hombre horriblemente mutilado. Por la vestimenta pudo reconocer que se trataba de uno de los soldados de Draivo. Sintió pena por él. Su muerte no había tenido nada de gloriosa. Se acercó con cautela. Aún tenía intacto su odre de agua; no se había roto ni derramado a pesar del ataque. Quizás aquel hombre no tuvo ni tiempo para defenderse… Iragum solo podía mover el brazo derecho, así que cambió a su mano izquierda el cuchillo que había desenvainado por si encontraba alguna sorpresa, y despojó a aquel hombre del odre de agua. Lo abrió y bebió un poco. Después, inclinado sobre el cadáver, buscó algo de comida, pero el soldado no llevaba nada encima.

Vio entonces un cuchillo cerca del único brazo que quedaba todavía unido al cuerpo del desdichado. No había rastro de sangre sobre la hoja de metal. Los lobos lo habían cogido desprevenido. Alargó su brazo para cogerlo; no le vendría mal tener un arma de repuesto aunque él solo tuviera un brazo útil. Un gruñido lo hizo detenerse. A su derecha, a solo unos pasos de él, había un fabuloso animal. Un lobo de pelambre gris con una mancha blanca sobre la frente, mostrándole sus afilados colmillos.

Iragum replegó su brazo, muy despacio, y con suavidad de movimientos volvió a WolfP1050427cambiar el cuchillo a su mano derecha. El animal no se abalanzó sobre él. Lo observaba fijamente a través de unos ojos amarillentos mientras un gruñido feroz brotaba de su garganta. Probablemente solo estaba defendiendo su presa. Así que, Iragum se enderezó con calma y comenzó a caminar despacio hacia atrás, siempre preparado por si lo atacaba. Creyó que en cuanto se alejase lo suficiente, el lobo se concentraría en el cadáver y él podría escapar. Pero no fue así. A aquel animal debía atraerle más la carne viva que muerta, porque comenzó a seguirlo moviéndose cautelosamente. Le resultaba difícil continuar marchando hacia atrás sin mirar, pues desconocía por completo el terreno sobre el que se movía. Sin embargo, volver la espalda al animal que lo seguía resultaría sin duda peligroso.

—¿Qué esperas? ¿Por qué no te acercas? —le gritó.

El lobo se mantenía siempre a la misma distancia. Había dejado de gruñir y no se salía del sendero; simplemente avanzaba en la misma dirección que Iragum.

Al girar la cabeza para no tropezarse con nada, descubrió la roca que le había servido de refugio. Un nuevo gruñido lo puso sobre aviso.

—¡Maldita sea! No es posible seguir así. Vamos demasiado lento. ¡Venga, ven aquí!

Se acercó con cuidado al animal. Esperaba tener una oportunidad para atacar, o, por lo menos, para defenderse. El lobo gruñó con más fuerza, pero no se movió del lugar en el que se había detenido. Iragum dio un paso a la derecha. El animal se echó hacia atrás y se agazapó para saltar. Iragum estaba listo para afrontarlo. Pero entonces el lobo giró y saltó hacia el borde del sendero desapareciendo entre los árboles y la maleza.

El corazón le latía con fuerza y desacompasadamente. Por ahora se había librado de la amenaza, aunque no sabía por cuánto tiempo. Quizás lo atacase durante la noche. Tenía casi todo el día por delante para alejarse lo más posible de aquel lugar y tratar de encontrar un refugio. Si aquel lobo buscaba a sus compañeros, no tendría muchas posibilidades de sobrevivir. Escrutó de nuevo entre la espesura, pero no percibió nada que le llamase la atención. Así que se giró y comenzó a caminar deprisa subiendo por el sendero, con todos los sentidos atentos a cualquier ruido o movimiento extraño.

*****

El ataque de los lobos había dejado muchos cadáveres, sobre todo de soldados, pero, por suerte, habían logrado escapar con casi todos los prisioneros vivos. Argmenon lo mataría si llegaba a Odnumar sin prisioneros. Draivo no era capaz de reconocer su error al decidir atravesar el estrecho de Édolfir durante la noche, hacía ya dos días.

—Todo por culpa de ese maldito capitán —masculló—. Espero que los lobos acaben con él, porque si no lo hacen, juro que seré yo mismo quien lo mate con mis propias manos, porque lo buscaré aunque se esconda debajo de las piedras.

Acababan de llegar al puerto donde los esperaban las naves que zarparían para Odnumar. Linhmar había llegado un día antes.

—Pero ¿se puede saber por qué te has retrasado tanto? —lo interrogó el capitán del barco—. Linhmar llegó ayer y salisteis al mismo tiempo, ¿no?

—¡Cállate! Tuve que ocuparme de algunos asuntos.

—¿Tanto trabajo te dio ese engreído capitán o aún lo traes entre los prisioneros? —le preguntó Linhmar, echando un vistazo a los prisioneros que Draivo había traído y que en ese momento embarcaban en la nave.

El rey Hádam avanzaba el primero. El viaje, el hambre, la sed y el cansancio lo habían consumido. Si Iragum lo hubiese visto en aquel instante, tal vez no lo hubiera reconocido. No quedaban ya trazas del gran rey de Therram.

—Métete en tus asuntos, Linhmar, ya te dije que yo hago mi trabajo cuando quiero y como quiero.

—Sí, ya veo —respondió con sarcasmo su compañero—. Tus prisioneros tienen un aspecto miserable. Seguro que mueren antes de llegar a Odnumar, y entonces, ¿qué le entregarás a Argmenon?

Linhmar solo quería provocar a Draivo para que perdiese el control. Con solo un error podía llevarlo a la ruina. Draivo se controló a duras penas.

—¡Ten cuidado, Linhmar, este juego puede resultarte peligroso! —dejó caer despacio las palabras. Se dio media vuelta y subió al barco.

—¡Vamos, arriba todos! ¡Subid rápido todos esos bultos! Tenemos que zarpar ya, antes de que baje la marea. ¡Vamos, vamos, moveos!

Los gritos del capitán fueron repetidos a eco por algunos de sus subalternos que se encargaron de movilizar a marineros y soldados.

Un hombre había seguido atentamente aquel diálogo, el soldado al que Draivo había golpeado. Acababa de encontrar un posible aliado para su venganza. El viaje a Odnumar duraba aproximadamente unas tres semanas. Tiempo suficiente para darse a conocer a Linhmar y, quién sabe, tal vez hasta podría conseguir ciertos beneficios.

El barco zarpó hacia el mediodía. El mar estaba tranquilo y el viento impulsaba las velas en la dirección justa.

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*****

Iragum se dejó caer al suelo. Ya no podía avanzar más. Estaba exhausto. Los dos últimos días habían sido un infierno. Había saciado su sed con apenas unas gotas de agua dejando pasar varias horas antes de volver a aliviar su garganta seca y ardiente. Tenía la lengua hinchada y los labios llenos de costras. El estómago lo tenía tenso como una cuerda de arco, pero ya habían cesado los terribles calambres que lo acometieron tras las primeras horas de ayuno. Al principio se sació con algunos frutos secos que encontró mientras el camino proseguía al lado del bosque, pero después, a causa del acoso constante del lobo que todavía lo perseguía, había tenido que abandonar ese sendero. La tensión continua al pensar en qué momento lo atacaría, casi lo había hecho enloquecer. Pero luego, cuando se dio cuenta de que iba a morir allí mismo, en el polvo, bajo el sol ardiente, casi habría preferido que el animal le diese una muerte rápida. Sin embargo, su agonía proseguía, pues Trivor —Luna nueva, así lo había llamado a causa de la mancha blanca de su cabeza—, no se decidía a atacar. El lobo lo obligaba muchas veces a salirse del camino, a escoger los parajes más áridos y desérticos en lugar de atravesar los bosques.

Se detuvo junto a una gran roca que le proporcionó algo de sombra para aliviar el calor y las quemaduras de su piel. El sol se hallaba en su pico más alto y asolaba despiadadamente el terreno desértico. El sendero se había agrandado convirtiéndose en un pequeño llano. Polvo y rocas. Para morir cualquier sitio era bueno. Tomó su cuchillo y esperó ver aparecer a Trivor. Nunca se encontraba lejos. Tomó el odre de agua y se mojó la lengua con las últimas gotas que quedaban, luego lo arrojó lejos.

—¡Venga, Trivor, ahora es tu oportunidad! —gritó con la voz ronca y pastosa—. ¿No ves que ya no tengo fuerzas?

Iragum dejó caer los hombros y cerró los ojos. Ojalá muriese en aquel mismo instante. Por su mente cruzaron varias imágenes. Su casa, su familia, el palacio de Therram, sus compañeros de armas y amigos, el rey Hádam, Dasmor y todos los prisioneros… Los había defraudado. Habían puesto sus esperanzas en él porque confiaban, creían en aquello de lo que era capaz. ¿Dónde estaban ahora esas esperanzas? ¿Acaso merecía él morir solo, en medio del desierto, destrozado por una fiera? ¿No había nadie, nadie que recogiese esas esperanzas que morían con él? Un gruñido familiar despertó sus sentidos y su conciencia. Apretó el cuchillo que llevaba en la mano derecha y abrió los ojos.

—Vamos, ¿qué esperas? Estoy…

Un siseo cercano lo obligó a volver la cabeza a su derecha. Un enorme ejemplar de serpiente se había erguido ante él mostrándole su bífida lengua. Se quedó quieto. Sabía que cualquier movimiento, por pequeño que fuese, podía costarle la vida. Mantuvo la mirada fija en el reptil, atento a sus movimientos, tratando de no olvidar que frente a él se encontraba Trivor. Había debido acercarse, porque escuchaba con claridad sus jadeos, y sus gruñidos se habían tornado más fuertes. Presentía que de un momento a otro saltaría sobre él. Uno de los dos lo mataría, pero también él acabaría con alguno de ellos a pesar de sus pocas fuerzas y de sus movimientos lentos. Trató de concentrarse. Antes de que pudiese reaccionar, Trivor saltó por encima de él y arrojó un terrible zarpazo a la serpiente, que dirigió su furia contra el fabuloso animal. Ante sus ojos tenía lugar en aquel momento un espectáculo impresionante, la lucha entre un lobo y una serpiente. Esta se mantenía alzada y estática, estudiando a su adversario que esperaba agazapado para saltar.

Iragum no sabía si la lucha era desigual o no. Pero fuese quien fuese el vencedor, tenía 640px-Agkistrodon_piscivorus_headclaro que el trofeo sería él. Incapaz de aprovechar el momento para escapar por carecer de fuerza vital, contemplaba fascinado los movimientos de los dos animales. La serpiente atacaba velozmente para clavar sus venenosos colmillos, pero Trivor se movía con agilidad y lograba escapar de los ataques, para revolverse con furia dando zarpazos con sus potentes garras.

Un movimiento rápido de la serpiente estuvo a punto de alcanzar a Trivor, pero fue también el final del reptil. El lobo dio un zarpazo; la serpiente voló y cayó a tierra. Trivor saltó con agilidad y atravesó con una de sus zarpas la cabeza de la serpiente clavándola en la tierra. El animal siguió agitándose bajo su pata, aunque ya estaba muerto. Quedaba claro que ahora le tocaba el turno a él. El vencedor reclamaría su premio. Iragum intentó levantarse, pero no poseía la fuerza necesaria. Su brazo derecho era un peso muerto. Seguramente se le había anquilosado el hombro. Empezó a arrastrarse sendero arriba. Sin embargo, el dolor que le producían las quemaduras de la piel y el cuerpo destrozado era demasiado insoportable. Sintió que empezaba a marearse y se quedó allí tirado. Los recuerdos volvieron a inundar su mente. Vio el rostro de su madre, sus hermanos pastoreando el rebaño; la escena de su despedida de casa, la mirada de su padre cuando le dijo que se haría soldado, sus palabras… Hijo, no en todas las luchas se vence; pero si has de morir, que sea con honor. Una sombra lo cubrió del sol. Entreabrió los ojos. Un rostro desdibujado se presentó ante él.

—¡Pa…dre…! —Sus labios resecos apenas murmuraron la palabra, casi inaudible. Perdió el sentido.

Cuando volvió a abrir los ojos no vio el cielo, sino un techo de madera. Se hallaba tumbado sobre un cómodo lecho de paja, con los brazos y el pecho envueltos con vendas y un fuerte olor a hierbas curativas. Levantó con cuidado el brazo derecho y se dio cuenta de que podía moverlo. No le dolía. Miró alrededor. Se encontraba en el interior de una choza de madera. Era amplia y limpia. Pieles de animales colgaban de las paredes y se hallaban esparcidas por el suelo a modo de alfombras. Una pequeña lumbre caldeaba la habitación. Sobre ella habían colocado un caldero que despedía un sabroso olor a carne cocinándose. En el centro de la estancia había una tosca mesa de madera sobre la que descansaban algunos utensilios de cocina y otras herramientas. Por fin un lugar confortable, pensó.

Se levantó despacio. La cabeza le dio vueltas.

—No deberías levantarte tan pronto —le dijo una voz suave. Una figura de mujer se recortó a contraluz en la entrada de la choza. Iragum no pudo verle el rostro—. Llevas tres días inconsciente. Te volverás a desmayar si te levantas.

—¿Dónde me encuentro? —preguntó. Su voz sonó como el graznido de un cuervo. Todavía sentía la garganta inflamada.

La mujer se acercó al lecho y por fin Iragum pudo ver su rostro. Era joven. El pelo rubio, recogido en una trenza, enmarcaba un bonito rostro ovalado, de piel tostada. Tenía los ojos verdes y unos labios finos. Parecía más bien alta, aunque no podía juzgarlo desde su posición. Las viejas ropas de cazadora que vestía se ceñían a su cuerpo delineando una figura esbelta. Dejó el arco a un lado, sobre la mesa. Iragum se sentó en el borde de la cama. Se sentía débil y aturdido. La joven meneó la cabeza ante la terquedad del hombre y se acercó a él.

—¡Ven!

Lo tomó del brazo y, agarrándolo al mismo tiempo por la cintura, tiró de él con suavidad y le ayudó a levantarse. Iba descalzo, y los pies le dolieron al dar los primeros pasos. Sentía las plantas en carne viva, llenas de llagas por la caminata. La mujer lo miró al rostro y él le hizo un gesto de asentimiento. Apoyó su brazo en el hombro de ella y caminaron hacia la entrada. Cuando retiró la piel que la cubría, una brisa fresca golpeó su rostro y le ayudó a recuperarse. Respiró hondo. El aire era limpio y puro. Se sentía de nuevo vivo. La voz femenina lo distrajo.

—Este es mi pueblo, Yerisail —le comentó señalando con el brazo extendido cuanto les rodeaba. Se encontraban en la parte más alta de una montaña. Formaba parte de una gran cadena montañosa que asomaba a un fértil valle. Aquí y allá se veían casas de madera, gente trabajando, moviéndose de un lado a otro, animales pastando y niños que jugaban. Iragum se quedó sorprendido. Ella siguió hablando. Su voz era musical, casi como la brisa del viento que le llegaba—. Seguramente habrás oído hablar de los hombres de las montañas. Mi pueblo es uno de los doce clanes a los que pertenecen estas cumbres.

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La vista desde allí arriba era magnífica. Se alcanzaban a ver, a lo lejos, algunas ciudades, varios ríos, y, al fondo, el mar.

—¿Es el mar Igneo? —preguntó sorprendido.

Sabía que cruzando el estrecho de Édolfir el mar se encontraba cerca, por eso le extrañó verlo tan lejos. ¿Acaso se había apartado tanto de su camino?

—¡No, claro que no! —la risa franca y cristalina de la joven le provocó un estremecimiento. Iragum se quedó mirando fijamente a la muchacha. Hacía mucho tiempo que no escuchaba a nadie reírse. Ella le sostuvo la mirada y añadió—: es Asturghal, el mar verde. Por cierto, me llamo Keira.

—Iragum —le contestó. Volvió de nuevo su mirada hacia el valle. Se encontraba en una tierra extranjera, con gente a la que no conocía, pero ¡era libre! Aquella sensación lo embriagó por completo. Pensó en Hàdam, en Dasmor y en los demás prisioneros; vivía gracias a ellos—. No os he agradecido todavía por salvarme.

Keira sonrió y negó con la cabeza.

—No fuimos nosotros. Debes agradecérselo a él… —dijo señalando hacia un lado.

—¡Trivor! —exclamó asombrado. El lobo descansaba a la sombra de la choza. No se había fijado en él cuando salieron.

—¿Trivor? —preguntó la joven extrañada. Iragum se encogió de hombros. Había vivido demasiadas cosas desde la caída de Therram.

—Si, verás, es que… empezó a seguirme y pensé que…, bueno, como es un lobo lo llamé Luna nueva, Trivor.

—Ya, pero él no es un lobo. Es un perro de la montaña. Son mucho más grandes que los lobos y más fieros; pero son magníficos guías y muy fieles al hombre. Nos llevó hasta ti. De no ser por él estarías muerto —le señaló. El gruñido característico de Trivor llegó a sus oídos. Iragum lo miró. Parecía dormitar, pero mantenía las orejas alzadas, como si sospechase que hablaban de él.

—Vaya —comentó Iragum entre dientes—, así que, después de todo, no eras un enemigo.

—Será mejor que entres y comas algo —dijo Keira mientras tiraba de él con suavidad hacia la casa—. Necesitas recuperarte. Ya tendrás tiempo de conocer el pueblo y a sus habitantes, y nosotros de saber tu historia.

Iragum se volvió y echó un último vistazo al cielo y a las montañas, luego entró de nuevo en la choza. Todavía había esperanza para Therram.

*****

La vista desde aquella cumbre siempre lo serenaba. Los primeros días de su convalecencia se sentaba allí, contemplando el paisaje, y reflexionando sobre los acontecimientos que lo habían llevado a Yerisail. Habían transcurrido ya tres semanas desde entonces y se encontraba completamente recuperado. Un viento helado lo sacudió por dentro a pesar de la capa de pieles en que se había envuelto. Se acercaba el invierno. Debía ser duro en aquellas montañas. Él no estaba acostumbrado a tanto frío; se había criado en las llanuras, donde no había nieves ni hielo.

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—¿Estás pensando en marcharte? —preguntó Keira sentándose a su lado—. Si vas a hacerlo, tendrás que hacerlo ya. Aquí llegan pronto las nieves y los senderos se vuelven intransitables —comentó. Iragum pudo apreciar en su tono un deje de tristeza.

Se mantuvo en silencio. No quería mirar ese rostro que había llenado sus sueños en las últimas noches; no quería ver aquellos hermosos ojos verdes tristes. Le había dado vueltas a muchas cosas durante aquellas últimas semanas, a la promesa hecha al rey Hádam, al modo de encontrar al Elegido; había pensado en el pueblo de Yerisail, pero, sobre todo, en Keira… Formaría el ejército, pero también formaría una familia. Quería un hogar. Sí, había pensado mucho en ello, y había tomado la decisión correcta.

Se volvió hacia Keira y tomó su mano con suavidad.

—Creo que… me quedaré.

*****

Las tres semanas de navegación transcurrieron sin problemas. El otoño llegaba a su fin y la entrada del invierno trajo fuertes vientos que impulsaron las velas de los navíos. Al fin, avistaron Odnumar. Toda la costa era rocosa, con grandes acantilados y pendientes; la tierra, inaccesible. La boca enorme de una caverna subterránea era el único acceso a la montaña. Hacia allí se dirigieron las naves. En el interior había un verdadero puerto natural. Unos cuantos galeones de guerra se hallaban atracados en los muelles; había también barcos comerciales de los que varios marineros descargaban las mercancías. Los dos navíos procedentes de Therram hicieron su ingreso en el puerto. Echadas las amarras, pusieron la pasarela y bajaron a los prisioneros, que fueron conducidos directamente a las minas. Sobrevivir allí era realmente difícil.

—Shatai, ya llegaron los barcos.

Argmenon no apartó la mirada de la ventana.

—Bien, Urrok. ¿Cuántos capitanes vienen?

—Son tres, Shatai —respondió Urrok. Su deber era conocer todo lo que Argmenon deseaba saber.

—¿Quién trae el mayor número de prisioneros?

—Linhmar, señor.

—¡Trámelo!

—Sí, Shatai.

Con una inclinación de cabeza y un golpe de puño sobre la coraza, salió de la habitación. No tardó en regresar con el capitán, pues sabía bien que a Argmenon no le gustaba esperar.

—Entra —le dijo Urrok—, y no hables hasta que no se te pregunte, ¿entendido?

Linhmar miró con desprecio a Urrok. No era más que un siervo, no le daría lecciones a él. Estaba a punto de responder, pero Urrok abrió la puerta y entró en la espaciosa sala. Linhmar lo siguió. Los techos altos y abovedados repetían el eco de sus pasos. La habitación era lujosa. Ricos tapices colgaban de las paredes y cortinas de terciopelo enmarcaban los amplios ventanales. Como único mobiliario había unas sillas tapizadas de rojo y un espléndido trono al fondo de la sala. Sobre él, un escudo de piedra con una serpiente enroscada sobre un corazón.

Argmenon paseaba de un lado a otro. Cuando entró, Linhmar se detuvo y lo contempló sin decir nada. El rostro oculto bajo la capucha del manto no intimidó lo suficiente a Linhmar como para no estar dispuesto a luchar por conseguir el puesto de capitán general. El soldado que quería vengarse de Draivo le había contado todo lo sucedido, y a cambio le había pedido servir bajo sus órdenes con algún pequeño privilegio. Ya se ocuparía más adelante de eso; ahora debía concentrarse en encontrar el mejor momento para hacer uso de esa información.

—Habéis tardado mucho en llegar —comentó Argmenon, luego comenzó de nuevo a pasearse. No hacía ningún ruido ni se escuchaba el eco de sus pasos.

—No fue culpa mía, señor, sino de Draivo. Él…

—¡No me interesa ahora lo que pasó! —La voz fuerte de Argmenon le impuso silencio—. Me han dicho que tú traes el mayor número de prisioneros. ¿El rey?

—No, señor —respondió rechinando los dientes; sintió que la rabia le carcomía por dentro—. Draivo…

—Entonces es con él con quien deseo hablar. Eso es todo.

Se dio media vuelta y se dirigió al sitial de piedra que parecía brotar de la pared central de la habitación, excavada toda en la roca pura.

—Pero, señor… —intervino, avanzando hacia el trono. No, Linhmar no iba a perder la oportunidad. No le importó que Argmenon se detuviese en seco a mitad de camino. Estaba seguro de que cuando conociese la información que tenía, se lo agradecería. Así que continuó hablando—: Tú, Shatai, ordenaste a Draivo que acabase con uno de los capitanes de Therram porque tenía el corazón demasiado noble para que sirviese de algo en Odnumar, además de ser un hombre peligroso. Pero Draivo no lo mató en Therram, sino que prefirió seguir su propia voluntad —recalcó las palabras— y lo llevó consigo hasta el estrecho de Édolfir. Allí el prisionero pudo escapar y Draivo mató a otro de los prisioneros para engañaros y escapar de vuestro castigo, señor.

Respiraba afanosamente y le temblaban las manos.

—¡Vaya, vaya, vaya, qué interesante! —confirmó Argmenon, que había permanecido en pie, escuchándolo; luego se acercó a él—. Es valiosa tu información —le hizo una inclinación de cabeza que Linhmar no supo interpretar como una burla—, te lo agradezco. Supongo que querrás una recompensa por ello.

Linhmar sonrió satisfecho de sí, seguro de su triunfo sobre Draivo. Estaba a punto de responder cuando Argmenon atravesó su pecho con un puñal. Linhmar no gritó. Abrió los ojos desmesuradamente, sorprendido, y cayó desplomado al suelo, muerto.

—Esta es la única recompensa que merecen los traidores, Linhmar. ¿Cómo podría estar seguro de que no me traicionarías un día también a mí? ¡Urrok! —llamó mientras limpiaba el puñal y se lo guardaba.

El soldado entró inmediatamente y se detuvo ante el cadáver. Si supuso una sorpresa para él, nada en su semblante lo delató.

—¿Shatai?

—¡Llévatelo y haz que venga Draivo!

Se dirigió hacia el trono y se sentó. Se apretó las sienes con los dedos; había demasiados estúpidos a su servicio.

—¡Eh, vosotros! —gritó Urrok. Los dos soldados, que custodiaban el ingreso a la sala, entraron deprisa al oír su llamada—. Llevad esta carroña a los trasgul.

Los soldados se llevaron el cuerpo. Urrok salió detrás de ellos y regresó poco después con Draivo.

—Más vale que sigas mi consejo. No hables si no se te pregunta. Tu compañero no lo hizo y no volverá a ver la luz del día. Entra…

Las grandes puertas se abrieron de nuevo.

Un regocijo interior satisfizo el orgullo de Draivo, herido porque Linhmar había sido llamado antes que él a la presencia de Argmenon.

—Shatai —saludó con un golpe seco que resonó sobre la coraza.

—¡Draivo, bienvenido a Odnumar! —le dijo. Draivo conocía bastante el cinismo de Argmenon, así que no se dignó responder—. Me han dicho que nos has traído al rey de Therram. Espero que el viaje haya sido sin complicaciones y que nuestro… huésped… se haya sentido cómodo —declaró mientras se levantaba del sitial y caminaba hacia Draivo—. Y, dime, ¿qué fue de nuestro valiente capitán?

—Lo maté, como me ordenaste —respondió sin titubear.

—Ah, Draivo, Draivo —meneó la cabeza mientras giraba a su alrededor como un ave rapaz en torno a su presa. Se detuvo detrás de él—. ¿Por qué me mientes, Draivo? —su voz suave sonó junto a su oído como el sisear de una serpiente—. ¿Todavía no sabes con quién estás tratando? No soy ese estúpido de Linhmar… —le señaló. Draivo se alteró al oír el nombre. Luego se tranquilizó pensando que Linhmar no sabía nada, así que no podía haber dicho nada. Entonces sintió en su espalda un objeto puntiagudo. Argmenon tenía en la mano un puñal—. Linhmar ya obtuvo la recompensa por su ambición y su estupidez, pero tú —dijo colocándose de nuevo frente a él—, me sirves más vivo que muerto. Además, no olvido que me seguiste en la lucha contra los Layowin, y me has servido bien… hasta ahora…

Rozó con la punta del cuchillo la garganta de Draivo. Un hilillo de sangre se deslizó por su cuello. A Draivo la rabia se le acumuló en el pecho. Odiaba a Linhmar, odiaba a aquel maldito capitán que lo había llevado a esto, y odiaba a Argmenon con toda su alma, si es que todavía le quedaba algo de ella.

Argmenon se giró, dando la espalda a Draivo.

—Haces bien en no hablar, no me gusta que mis órdenes no se cumplan. Sin embargo, supongo que fue un error que ese capitán se te escapara… —le dijo. Argmenon se giró con rapidez y el cuchillo cruzó la mejilla izquierda de Draivo, que aulló de dolor y se llevó una mano sobre la herida. La sangre manaba abundante deslizándose caliente por su cara y su cuello—. Lo siento mucho, Draivo, pero mi perdón no puede ir sin justicia. ¿Qué pensarían todos si dejase sin castigo a quien así me ha ofendido? —le preguntó con sorna. Draivo no dijo nada, pero sus ojos centelleaban—. ¿Draivo?

Argmenon se dirigió al sitial y se sentó.

—Sí, Sha… shatai.

Le costó pronunciar esa palabra. Hacía todo lo posible por dominarse. Sabía que intentar cualquier cosa conllevaría una muerte segura. De hecho, tenía suerte de estar vivo; más suerte de la que había tenido Linhmar, seguramente.

—Me caes bien. Voy a darte otra oportunidad —le sonrió cínicamente—. Creo que tu odio hacia el capitán es casi tan grande como el odio que me tienes a mí, y eso te ayudará. Irás a buscarlo, no importa dónde se encuentre, y me traerás su cadáver. No vuelvas a Odnumar sin él. No me importa el tiempo que tardes, al fin y al cabo eres casi inmortal. Casi… —puso énfasis en la palabra—. Y ahora, puedes retirarte —lo despidió. Draivo se golpeó el pecho con la mano ensangrentada y se dio media vuelta—. ¡Ah, Draivo!… —lo llamó cuando casi había alcanzado ya la puerta—, no vuelvas a intentar engañarme. La próxima vez no seré tan magnánimo, créeme.

Abandonó la sala. Le ardía la mejilla, que continuaba sangrando. Rasgó la manga de su camisa y apretó sobre la herida. Se juró a sí mismo que no descansaría hasta arrancarle las entrañas al capitán. Sin detenerse, se dirigió al puerto, hizo embarcar a sus hombres, a pesar de las protestas de estos, y desplegó las velas de nuevo hacia Therram.

Argmenon miraba desde el ventanal la partida del barco de Draivo. Nubes negras cubrían el cielo, oscureciéndolo. Se quitó la capucha. Su rostro desfigurado se desdibujó en el cristal y le devolvió la imagen de un joven de hermoso rostro y pelo negro. Apretó los dientes y golpeó aquel engañoso espejo. Había perdido la oportunidad de conseguir las rosas, pero todavía le quedaba tiempo. El tiempo no significaba nada para él. Los reinos humanos se sucederían unos a otros, pero sus planes se cumplirían. Encontraría el reino escondido de los Layowin. Volvería al lugar de donde lo expulsaron y se proclamaría Gran Maestro. Y cuando tuviera el poder del Cristal de Luz en sus manos, el universo entero se postraría a sus pies y él gobernaría con mano de hierro para crear un imperio nuevo, indestructible. Pero primero tenía que encontrar las rosas… Cerró los ojos y maldijo un nombre.

¡Galial!

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