Una biblioteca y un café

«¡Llego tarde, llego tarde, llego tarde!».

No puedo quitarme de la cabeza esta cantinela, y sigue martilleándome mientras subo en el ascensor hasta la cafetería de la biblioteca de Castilla-La Mancha donde he quedado con mis compañeros de la universidad para hacer un trabajo de grupo.

Por fin se detiene el ascensor y la puerta se abre. ¡Llego tarde! Y la mirada que me lanzan mis amigos desde detrás de unas humeantes tazas de café mientras me acerco a ellos, lo dice todo: «Carmen, ¡llegas tarde!».

-¡Lo siento!, no me ha sonado la alarma del móvil… -me disculpo.

-Este trabajo es importante para todos; si lo hacemos bien, obtendremos muchos créditos para nuestra carrera.

-No te preocupes, Carmen -me dice Marcos con un guiño de los ojos que yo sé que es producto de sus muchas horas de estudio nocturno-, puedes sentarte a tomar un café.

Niego con la cabeza.

-No, hay mucho que hacer y el tiempo se nos echa encima.

-No seas tonta, Carmen -me recrimina Sara al tiempo que se levanta y los demás la imitan-, siéntate aquí y pide un café bien cargado o te quedarás dormida a mitad de la mañana. Cuando hayas terminado te unes a nosotros, ¿vale?

Acepto, qué remedio, a Sara nunca se le puede decir que no. Además, no hay nada más agradable que tomarse una buena taza de café contemplando, a través de los grandes ventanales, el Toledo antiguo bajo un espléndido cielo azul de primavera. Así que pido un café mientras veo cómo se alejan mis amigos y me dispongo a disfrutar. Aunque no será por mucho tiempo, claro, hay que trabajar.

Saboreo mi café mientras decido por dónde me pasaré antes de ir a la sala de lectura. Suelo visitar la biblioteca con mucha frecuencia, porque además de la ayuda que supone para mis estudios, allí encuentro todo lo que necesito para descansar y echar a volar la imaginación. A veces me paso por la sala Borbón-Lorenzana porque me encanta el olor de los libros antiguos y, además, siempre me da la sensación de haber retrocedido en el tiempo. También me encanta pasearme por la sala infantil, sobre todo los martes y jueves, que es cuando la madre de Mateo lo lleva a la biblioteca. Mateo tiene ocho años y es autista; le apasionan los libros, los huele -¡humm!, ese increíble olor a papel nuevo-; los mira despacio, deleitándose en las imágenes mientras sonríe emocionado. Su madre está encantada, y siempre dice que la lectura es la mejor terapia para Mateo.

En la mediateca me he cruzado en varias ocasiones con una adolescente llamada María  -lo sé porque lleva su nombre escrito en la mochila y, en general, en casi todos sus cuadernos-. Es una de esas chicas a las que les gusta estudiar y, claro, ahí en la biblioteca tiene un filón de información de todo tipo; pero además de los libros, le gusta Miguel Ángel, otro chico que suele frecuentar bastante la biblioteca, y al que le echa miraditas de vez en cuando por encima de los libros.

Y luego está el grupo de estudiantes de Literatura comparada, que disfrutan lo suyo cuando están entre los libros.

Vamos, que la biblioteca es un lugar donde no solo hay historias escritas en libros, sino donde se generan historias nuevas que un escritor podría plasmar en una buena novela. Tal vez debería hacerlo yo, me digo.

Bueno, creo que ya es momento de ir a echarles una mano a mis compañeros de grupo. En ese momento, una figura a mi derecha llama mi atención. La miro y parpadeo sorprendida. Ese que veo es… ¿Don Quijote? Tal vez se trate de alguna actividad del club de lectura y han decidido disfrazarse de sus personajes favoritos, pienso. Pero me entra la curiosidad y como veo que “mi Quijote” abandona la cafetería, me decido a seguirlo.

Entra en la sala Borbón-Lorenzana y le escucho murmurar.

-¡Voto a bríos, amigo Sancho, que esto no tiene desperdicio!

-No, mi señor, pero ¿para qué os han de servir tantos libros?

Y ahí está Sancho Panza, tal y como me lo he imaginado tantas veces, bajo y rechoncho, de piernas cortas y brazos fuertes. Un hombre campechano. De repente no sé si echarme a reír o a llorar.

-¿Pues para qué ha de ser amigo Sancho?, para resolver entuertos.

Sancho se rasca la cabeza poco satisfecho.

-Mire, mi señor, que ya hemos tenido bastantes correrías y que no en todas hemos salido bien parados.

-Piensa bien, Sancho, las palabras que de tu boca han de salir, que no hay en ti espíritu de cobardía como bien han demostrado tus hechos. Templa el ánimo, buen Sancho, que nos esperan nuevos gigantes con los que enfrentarnos.

-Que aquello no eran gigantes, mi señor, sino molinos de viento -le dice meneando la cabeza-. Y de leer estos libros no puede salir nada bueno.

-Aventuras, Sancho, aventuras, que no desventuras.

-Pero mire, mi señor, que quien busca el peligro perece en él.

-Bien sabes, amigo Sancho, que cada uno es artífice de su propia ventura, y yo he de dejar que sean estos libros los que me aconsejen, que el que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho.

Sacudo la cabeza confundida. Tal vez los estudios me estén afectando demasiado. Sin embargo, esos actores resultan tan convincentes…

Vuelvo al pasillo y me dirijo a la sala de lectura con algo de apresuramiento, ya me he entretenido bastante y mis amigos deben estar acordándose de mí… Pero al entrar en la sala me encuentro con otra sorpresa. Junto a las estanterías llenas de libros y paseándose entre las hileras de mesas, hay otros personajes, y yo con la boca abierta. Me parece que hemos escogido mal el día para hacer el trabajo; con tanta gente disfrazada deambulando por las diversas salas, no vamos a poder concentrarnos en lo que tenemos que hacer. Pero no tengo oportunidad de buscar a mis amigos. Un niño, como de unos seis años, con la cara de un ángel y los cabellos rizados del color del trigo, se acerca a mí.

-¿Qué haces ahí?

Muy buena pregunta, pienso mientras observo en su rostro el gesto grave y serio. Me encojo de hombros sin saber muy bien qué responder, aunque lo hago.

-Pues me pregunto qué hace toda esta gente en la biblioteca ¾le digo, y mi pregunta lo incluye también a él. ¿De verdad estoy hablando con el Principito?

-Sí -asiente para sí mismo-, las personas mayores son muy extrañas. ¿Qué es una biblioteca?

-¿Cómo?

-¿Qué es una biblioteca?

-Pues… -me detengo abriendo las manos en un gesto de impotencia. Llevo tantos años viniendo a la biblioteca, ¿y no sé cómo explicar lo que es a un niño de seis años? Bueno, quizás lo que me impone es que se trata del personaje de un libro-, es un lugar donde hay muchos libros que la gente puede leer cuando quiera.

-¿Y de qué les sirve a las personas leer todos estos libros? -me pregunta, volviéndose a mirar las estanterías cuajadas de ejemplares.

-Pues algunos leen porque es divertido, otros para aprender cosas nuevas, otros para vivir aventuras o para viajar por lugares extraños sin moverse de su casa.

-Eso es muy interesante. A lo mejor también podría yo tener una biblioteca en mi planeta -dice, pero luego se queda pensativo y sacude la cabeza-; no, mi planeta es demasiado pequeño, y además solo estoy yo para leer los libros.

Me mira. En sus ojos veo tristeza.

-¿A ti te gusta leer? ¾le pregunto.

Pero el Principito no responde a mi pregunta.

-¿Hay algún libro que hable de rosas? En mi planeta tengo una rosa, además de tres volcanes, y tengo que cuidar de ella -me dice con una sonrisa melancólica-, porque mi rosa es muy importante para mí, aunque a veces hable mucho. ¿Hay algún libro que hable de rosas?

-Hay libros sobre todos los temas, así que sí, supongo que habrá alguno que hable sobre las rosas -admito.

-¿Tú también tienes algo que sea único para ti? ¿Algo especial?

Me quedo pensando y poco a poco una sonrisa aparece en mis labios cuando florece un recuerdo en mi mente.

-Sí, tengo algo especial, un libro. No es cualquier libro. Siempre me ha gustado leer, y siendo una niña, cuando ahorré lo suficiente, me compré mi primer libro: Jim Botón y los trece salvajes, de Michael Ende.

-Únicamente los niños saben lo que buscan…

Con esta frase, el Principito da media vuelta y se aleja, quizás para investigar en los estantes algún libro sobre el cultivo de las rosas. Y yo me quedo contemplando la sala de lectura y avanzo buscando el rostro de alguno de mis amigos, pero no puedo evitar que la sorpresa me asalte a cada paso que doy y que me embobe escuchando retazos de conversaciones. Es como si todos los personajes de los libros hubiesen cobrado vida… y empiezo a dudar de que esto se trate de una actividad de la biblioteca; pero, si no es así, entonces, ¿de qué va todo esto?

-¡Elemental, querido Watson! Son libros.

Me quedo mirando, entre emocionada y atontada, a uno de mis personajes de ficción favoritos. Ahí está, delante de uno de los estantes, con un libro en la mano. Alto, enjuto, de nariz aguileña y mirada penetrante. Y a su lado, Watson, su compañero inseparable.

-Ya veo que son libros -le responde el bueno del doctor un tanto exasperado-. Lo que no entiendo, Holmes, es de qué le sirven.

-Watson, lo tiene todo a la vista -le explica, señalando con su pipa las estanterías llenas de libros-, pero no es capaz de razonar a partir de lo que ve. Es usted demasiado tímido a la hora de hacer deducciones. Datos, datos, datos… Los libros pueden aportarnos muchos datos sobre sus propietarios, ¿no lo ve? Un horticultor tendría múltiples libros sobre plantas, flores u horticultura en general. Un libro de astronomía entre ellos destacaría como una oruga en un panal de abejas -le asegura a Watson al tiempo que le entrega el libro que sostiene en la mano-. Veamos, ¿qué puede decirme sobre este libro?

Me muerdo la lengua para no ser yo la que conteste. El libro es un ejemplar de El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas. Watson lo observa, lo abre, lo huele y lo ojea. Contempla la imagen de la portada, el castillo de If alzándose imponente sobre el mar.

-Bien, yo diría que es evidente que tanto por esta pintura como por el título del libro, el autor pertenece a la aristocracia o, al menos, se mueve en sus círculos.

Holmes lo interrumpe.

-Nada resulta más engañoso que un hecho evidente, Watson. Este libro, si bien está bien cuidado, no es de manufactura antigua, el papel no amarillea y sus hojas no tienen ese olor tan característico del papel viejo. Sin embargo, por el desgaste que se aprecia en el borde de sus hojas, ha sido abierto y cerrado muchas veces. Más de un lector, diría yo, a juzgar por las diversas marcas dejadas a diversas alturas. Deduzco, pues, que este libro no es propiedad de un único dueño.

-Pero, Holmes, si todos los libros que hay aquí pertenecen a diferentes propietarios, los datos no nos van a servir de nada.

Sherlock toma el libro que el doctor le regresa con gesto exasperado.

-Al contrario, mi querido Watson. Como puedes ver por la pulcritud de las estanterías, los libros son algo muy valioso para su propietario, ya que no contienen ni una brizna de polvo -le explica al tiempo que acompaña la palabra con el gesto, pasando un dedo enguantado por el lomo del libro-. Sin embargo, no los colecciona para sí ni pretende que sean para su exclusivo deleite, sino que permite que otros los disfruten. Por otra parte, nuestro propietario es alguien ordenado y metódico, a juzgar por las letras del alfabeto que demarcan las diversas estanterías.

-Muy bien, Holmes, usted gana, como siempre.

Sherlock sonríe, y yo con él; me parece haber formado parte de una de las historias de Sir Arthur Conan Doyle.

-Por cierto, Watson -añade mientras desentierra la nariz de entre las hojas de El conde de Montecristo y lo coloca de nuevo en la estantería-, el autor no pertenecía a la aristocracia, más bien vivió rozando la pobreza la mayor parte de su vida.

Watson lo mira sorprendido.

-¿Cómo ha podido deducir eso del libro?

-Bueno -le responde al tiempo que se gira y se aleja hacia otra estantería-, solo hacía falta leer las primeras páginas. El autor, o algún otro, consideró necesario introducir unas líneas que hablasen sobre su biografía.

Watson menea la cabeza y se marcha siguiendo la estela de humo de la pipa de Sherlock Holmes.  

Los veo alejarse mientras pienso que, efectivamente, de los libros pueden aprenderse muchas cosas, y me digo que soy muy afortunada por tener tan cerca de casa una biblioteca a la que puedo acudir para consultar libros o sentarme a leerlos para disfrutar de ello. Pero recuerdo que ahora mismo estoy allí para hacer un trabajo de grupo con mis compañeros de universidad. Avanzo por los pasillos laterales atravesando la sala tratando de encontrar, entre tantos personajes de ficción, a mis amigos, y me digo a mí misma “Carmen, llegas muuuy tarde”; sin embargo, me resulta difícil pasar por alto a protagonistas entrañables de tantos y tantos libros, y no puedo evitar mirar a algunos y desear, desde el fondo de mi corazón, hablar con ellos.

Una niña de unos diez años, rubia y de ojos castaños, me bloquea el paso. La miro y ella me mira con curiosidad. Viste ropa del siglo pasado. Sé quién es, Liesel Meminger, La ladrona de libros.

-¿Te parece justo?

-¿El qué? -le pregunto. A estas alturas ya no me resulta raro estar hablando con personajes de libros.

-Que aquí haya tantos libros al alcance de todo el mundo. Un libro me salvó la vida, ¿lo sabes?

 Asiento, puesto que he leído la historia. Ella suspira.

-Si hubiera tenido tantos libros a mi disposición, no hubiera tenido que robarlos… bueno, eso creo. El poder de las palabras puede resultar amargo y, a la vez, liberador. Tal vez las palabras me hubieran arrastrado hacia los libros aunque yo no quisiera… -me dice, mientras estrecha entre sus brazos un ejemplar de Alicia en el país de las maravillas.  

-Bueno, yo siempre he pensado que las palabras tienen vida propia, que te atrapan en sus sueños -le comento dando unos golpecitos sobre la cubierta del libro que acuna-, como le ocurre a Alicia. Las palabras te hablan y te hacen reír o llorar, te hacen pensar y sentir, te llevan a actuar o a dejar de hacerlo. Es la magia de las palabras.

Le sonrío. Parece tan seria…, claro, que vivir en un país en guerra te hace crecer demasiado rápido, pienso.

Ella asiente despacio, como si hubiese rumiado mis palabras y al fin hubiese encontrado dónde encajan en su propio pensamiento.

-Por eso las palabras y los libros significan mucho para mí -me dice-, en realidad, lo significan todo.

Ahora me toca a mí el turno de asentir. También los libros significan mucho para mí. Aquí, en esta biblioteca, está mi pasado y mi futuro. Mi pasado, los libros que leía de niña, cuando venía con mi madre a la sala infantil, y que modelaron mi imaginación, mis valores, mi forma de ser. Mi futuro, para seguir aprendiendo y actualizándome en los estudios de mi carrera y encontrar momentos de descanso y de disfrutar.

Mientras pienso en todo esto, Liesel ha desaparecido tan silenciosamente como se presentó ante mí. Contemplo en la estantería el hueco donde debería hallarse el ejemplar de Alicia en el país de las maravillas y sonrío.

Ciertamente, el día no transcurre como lo he planeado. Eso es lo maravilloso de una biblioteca, pienso, que puedes venir todos los días, pero ninguno será igual que otro. Un día puedes viajar con Gulliver al país de Liliput y al siguiente convertirte en un alumno del colegio Hogwarts o visitar el mundo paralelo de Idhún. Un día te sentirás especialmente romántica y querrás leer Orgullo y prejuicio; otro, quizás te atrapen los nervios y necesites un buen libro de Agatha Christie o de John Le Carré. En fin, que hay días para todo y libros para todos los días.

Algo interrumpe mis pensamientos. Una sacudida recorre mi cuerpo y escucho una voz que pronuncia mi nombre. Alguno de mis amigos me llama, pero es una voz lejana que todavía no logro descifrar. Trato de buscar su origen y miro a mi alrededor. De repente, todo parece desdibujarse, y las conversaciones de todos los personajes de la sala se entremezclan conjurando palabras sin sentido para mí. Cierro los ojos, como si así pudiera aislarme de todo y recuperar un punto firme sobre el que apoyar mis pies cuando todo parece haberse vuelto negro en torno a mí.

Las sacudidas se hacen más fuertes y la voz que me llama más clara. Entonces trato de abrir los ojos, pero me resulta difícil porque el sol me hiere de frente. Es Sara la que me sacude.

-¡Carmen, te has quedado dormida!

Parpadeo ante sus palabras y miro a mi alrededor. Todavía sigo sentada en la silla de la cafetería y mi mano se aferra con terquedad a una media taza de café, ya frío.

-¿Dormida? -le pregunto con incredulidad.

-Sí, llevamos un buen rato esperándote. Como no llegabas vine a buscarte y te he encontrado felizmente dormida sobre la mesa. Tienes que dejar de pasarte las noches estudiando…

Me pierdo el resto de su cariñoso sermón. ¿Y el Principito? ¿Y Don Quijote y Sherlock Holmes? ¿Todo ha sido un sueño? Sonrío. La verdad es que no puedo hacer otra cosa cuando acabo de salir de un mundo mágico, y me pregunto por la puerta de entrada a ese mundo. Me gustaría volver otra vez.

Encuentro enseguida la respuesta.

La puerta: una biblioteca y un café.

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