Perder la corona por perder la cabeza

Una de las cosas que más disfruto al escribir es toda la parte de la documentación, no solo porque aprendes mucho, sino también porque vas descubriendo cosas muy curiosas.

En mi reciente búsqueda para documentarme sobre mi próximo proyecto de escritura -una trilogía de romance histórico que estoy escribiendo junto a mi hermana y que estará ambientada tanto en Londres como en San Petersburgo- me encontré con una palabra que no había escuchado antes y que me llamó mucho la atención: matrimonio morganático.

¿Quién no recuerda a la Reina de corazones, en Alicia en el país de las maravillas, y el extraño regocijo que sentía al mandar cortar cabezas? Pues, en este caso del que hablamos, el amor hacía perder la cabeza y también la corona de rey o reina.

¿Sabéis lo que es un matrimonio morganático? Menuda palabreja, ¿eh?

Pues se trata de una unión matrimonial entre dos personas de rango social desigual. Tras su celebración, impedía que los títulos, privilegios y propiedades del contrayente de mayor rango pasasen al contrayente de menor rango, así como a los descendientes que pudiesen nacer de esa unión.

Un elemento fundamental para determinar si un matrimonio tenía o no carácter morganático era el Almanaque de Gotha, un conjunto de libros que recogían datos relacionados con las casas reales, la alta nobleza -se excluía a la pequeña nobleza-, la aristocracia y la diplomacia europea. A lo largo de casi dos siglos llegó a convertirse en el directorio que permitía conocer de manera más fiable, identidades y parentescos, y aparecer en él era visto como un reconocimiento explícito del carácter nobiliario de una familia. 

Un ejemplo de ello salió en el periódico La Vanguardia del 17 de noviembre de 1899, anunciando «el matrimonio del archiduque Francisco Fernando, presunto heredero de la corona imperial, sobrino del Emperador, con la condesa Chotek, dama de tan escasa fortuna como espléndida belleza, que hasta hace poco tiempo estuvo como aya de los hijos del archiduque Federico, tío del actual novio. Parece que este amor ha sido lo que los franceses llaman el coup de foudre. En cuanto el príncipe vio a la condesa, se enamoró de ella tan perdidamente que no paró hasta hacer aceptar a la bella institutriz recursos pecuniarios que le permitieran salir de la situación subalterna que había ocupado hasta ahora. Y fue tanta la adoración que concibió el príncipe por la linda condesa que se asegura que, sin darse a razones, sin escuchar los consejos que le han dado los que esperaban de su inteligencia y energía largos días de prosperidad para la monarquía austrohúngara, está decidido a casarse, aun cuando haya que renunciar a una de las coronas más brillantes del mundo, a regir un imperio que es de los más fuertes y antiguos que existen en el viejo continente.

Desde que trascendió la noticia a los periódicos se han suscitado numerosas polémicas para saber si ese matrimonio morganático obliga al príncipe a renunciar a sus derechos sobre la corona imperial y real. Después de bien debatido el asunto, resulta que esa renuncia no es necesaria en Austria. En esta parte del Imperio puede reinar un príncipe que tenga esposa morganática; lo que hay, es que los hijos que nacen de esa unión no pueden ceñir la corona».

Hoy en día, este tipo de matrimonios no resulta tan extraño, a pesar de que parece seguir levantando ampollas entre la corona, pero ¿quién puede impedir que el amor nos alcance? No importa en el lado del puente en que nos encontremos, cuando nos enamoramos, nos encontramos todos en el mismo centro.

¡Buenas lecturas!

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