Mis relatos

La herencia

A lo lejos se alzaba la casa vieja, rodeada de árboles mucho más viejos que ella y de verdosos trigales. Los grandes ventanales de la fachada, como múltiples ojos, parecían observar suspicaces el campo que rodeaba la mansión, manteniéndose alerta y vigilando a todos aquellos que se aventurasen a enfilar el polvoriento camino que conducía a sus puertas. Últimamente parecían ser muchos los visitantes.

El sol brilló con fuerza, pero aquellos ojos enormes no se entrecerraron para protegerse del resplandor, sino que continuaron abiertos observando el desvencijado coche que se acercaba traqueteando por el camino y que terminó aparcando frente a la puerta bajo su atenta mirada acristalada. Los ocupantes del seat azul —una pareja joven— descendieron del vehículo entre risas y fuertes voces. Cogidos de la mano avanzaron hacia la puerta de entrada; ella, aplastando bajo sus finísimos tacones las aulagas; él, mirándola como mira un hambriento una hogaza de pan.

Cuando entraron, la casa entera pareció contener el aliento, y el campo, ataviado con sus mejores galas de primavera, suspiró ante la visión de aquellos enamorados.

Abandonaron la casa cuando el sol ya casi se arrastraba languideciendo por el horizonte y la noche se cubría con sus negras vestiduras. Subieron al viejo seat y enseguida el coche comenzó a ronronear. Una cabeza rubia de tez blanca y labios rojos asomó por la ventanilla y sopló un beso en dirección a la casa con los ojos brillantes de emoción antes de sepultarse de nuevo en el interior del automóvil.

Aquella fachada de rostro ancho y blanquecino por la encaladura, no se estremeció ante aquel inesperado regalo, sino que, cual mayordomo bien pagado, se mantuvo imperturbable y serena, aguardando con paciencia la medianoche.

A las doce en punto comenzaron a sonar las campanadas del viejo reloj del salón, llenando con su lúgubre música la estancia. Las dos mecedoras, una a cada lado de la chimenea de piedra, se movían al unísono. La pareja que gozaba del placer de aquellos movimientos llevaba unida muchos años. Un gato maulló en algún lugar de la casa, y como si eso fuera una señal, la mujer comenzó a hablar sin detener en ningún momento su monótono balanceo.

—Bueno, Salvador, ¿qué te ha parecido?

—¿Qué me ha parecido el qué? —preguntó el hombre saliendo de su modorra con un bostezo.

—Pues qué va a ser, hombre —lo reprendió su esposa—, la pareja que ha venido esta tarde.

Salvador hizo un gesto que bien podía ser un encogimiento de hombros, aunque Vicenta no estaba segura de si se trataba de eso o de un espasmo generalizado de aquellos viejos huesos.

—¡Son demasiado mayores! —declaró, como si se tratase de un juez emitiendo su sentencia en un juicio.

Vicenta no suspiró; hacía tiempo que había dejado de hacerlo.

—De eso ya me he dado cuenta, pero es que parece ser que ahora se casan mayorcitos. ¡Los tiempos han cambiado, Salvador! —comentó con cierto retintín que a Salvador le hizo castañetear los dientes. Vicenta no hizo caso de aquel sonido y continuó con su perorata—. Lo que quiero saber es qué te ha parecido de lo otro, ¿crees que lo suyo durará?

Notó cierta ansiedad en la voz de Vicenta y se preocupó. Desde que llevaban juntos, y ya era mucho tiempo, nunca le había gustado verla preocupada ni disgustada. Se había enamorado de ella por su sonrisa y siempre le había encantado verla sonreír. También habían tenido sus discusiones y sus desacuerdos, claro, pero él era un hombre de la cabeza a los pies y nunca había necesitado levantarle la mano a Vicenta para demostrarlo; al final siempre llegaban a un acuerdo con el que los dos salían ganando. En esta ocasión tampoco merecía la pena discutir, pero tenía que decirle la verdad.

—Sinceramente, no —le dijo sin más. La mecedora de su compañera detuvo por un momento su balanceo, luego, con un chirrido, se puso de nuevo en movimiento y Salvador continuó—. No me pareció que se quisieran mucho, a pesar de que él la miraba con ojos de carnero degollado, como suele decirse.

—Solía decirse, Salvador —lo corrigió ella interrumpiéndolo—, ahora esas expresiones han cambiado. En fin, ¿y qué vamos a hacer si ésta tampoco es la pareja adecuada?

—Pues lo que hemos hecho hasta ahora —replicó Salvador con tono de resignación—, esperar.

—Y llevamos demasiado tiempo esperando, ¿no es eso lo que quieres decir? —señaló ella, pero no esperó a que su marido respondiera, cosa que él no habría hecho de todos modos, porque la conocía muy bien. Vicenta prosiguió—. Pero ¿qué otra cosa podemos hacer? Salvador, ¿quieres dejar de castañetear los dientes?

—Mujer, sabes que no puedo evitarlo —gruñó.

—Sí, sí, ya lo sé —lo tranquilizó ella—. Llevas años haciéndolo, pero no por eso te quiero menos, cariño.

La casa, que hasta ese momento había permanecido en silenciosa expectación, pareció estremecerse desde los cimientos al ser testigo de la tierna y desdentada sonrisa que Vicenta le dirigió a su marido. El maullido del gato se escuchó más cercano.

—Esperar —volvió a decir ella con voz cansada—, no hemos hecho otra cosa desde hace mucho tiempo.

Salvador agitó su cabeza en total acuerdo con su mujer.

—¿Cuántos parientes nos quedan? —preguntó.

—Realmente, no lo sé. ¿Cuántos habrán pasado ya por aquí? ¡Ni siquiera llevo la cuenta! —comentó ella, su voz como un graznido—, pero no deben de quedar muchos, y entonces, ¿qué haremos?

—Mujer, eso te pasa por tener estas ocurrencias —le aseguró con ese mismo tono que usaba cuando le decía «ya te lo dije».

—¿Y qué tiene de malo querer que dos personas se amen para siempre? ¿Acaso no es romántico? —se defendió Vicenta mientras el chirrido de la mecedora aceleraba su quejido acorde con su estado anímico.

—Si yo no digo que sea malo, mujer —repuso él conciliador—, solo que tu ocurrencia nos tiene aquí a la espera a saber hasta cuándo.

—¡Ay, Salvador!, si es que parece que ahora está de moda el amor exprés, se enamoran rápido y se acaba en breve —replicó—. Yo solo quiero que alguien de mi familia pueda encontrar el amor eterno, ese que dura para siempre y que pasa por encima de todas las dificultades, miedos, tristezas y esas cosas que nos depara la vida. El mismo amor que tenemos tú y yo.

—Lo sé, Vicenta, lo sé; pero lo que no entiendo es por qué se te ocurrió dejar en herencia esta casa a aquella pareja de entre nuestros parientes que se amen con amor eterno —refunfuñó—, y como si eso no fuera poco más que imposible en estos tiempos que corren, añades junto con la casa un tesoro escondido. Con eso lo que hemos ganado ha sido un desfile inacabable de parientes que quieren echarle una ojeadita a la casa y que sueñan con la esperanza de encontrarse, de paso, con el tesoro. Menos mal que esto último todos lo consideran una leyenda.

El monótono balanceo de la mecedora se detuvo bruscamente y fue sustituido por el golpeteo hueco, igualmente monótono, de un pie sobre el suelo de madera. Salvador detuvo también su movimiento para no desentonar. La casa entera contuvo el aliento, pendiente como estaba de aquella conversación nocturna, y se hizo un silencio sepulcral, interrumpido solamente por el constante tic tac del reloj. Un minuto, dos minutos. La madera se quejó al acomodarse; el viento silbó al colarse en el interior de la casa por una rendija; el gato maulló cerca de la puerta del salón, como si expresase también su queja por la conversación interrumpida. El reloj dio tres campanadas, las tres de la madrugada.

Poco a poco la escena, que se había detenido cual pintoresco cuadro, volvió a cobrar vida. Primero una mecedora, adelante, atrás, adelante; luego se le unió la otra hasta coger el mismo ritmo monótono. Solo entonces Vicenta se permitió hablar.

—Pero es que no es una leyenda, Salvador. De verdad he escondido las joyas en un lugar de esta casa, y el que se quede con la mansión se quedará también con las joyas —respondió sonriendo muy ufana.

—Si a mí me parece bien —convino él—, al fin y al cabo, ¿para qué las queremos nosotros a estas alturas? Yo lo único que digo es que a este paso nos va a tocar seguir esperando aún más.

—Pero digo yo, ¿tan difícil es enamorarse y amar de verdad a la otra persona?

Salvador levantó una mano, como si tuviera intención de rascarse la cabeza, pero luego lo pensó mejor y devolvió la mano a su lugar, sobre el brazo de la mecedora.

—¡Y yo que sé!

—Pues mira, te lo voy a decir yo. Enamorarse es muy fácil, que hoy lo hace todo el mundo y continuamente, especialmente los famosos. Pero el amor… ese es agua de otro cántaro, porque implica renuncia; saber sacrificarse por la persona amada; aceptar al otro tal como es, con sus defectos y todo, y no esperar que el amor lo cambie —expuso deteniéndose a tomar aire antes de proseguir—. Salvador, voy a hacerte una pregunta. ¿Cuándo te enamoraste de mí?

—Esa es fácil —respondió él sin titubear—, el día que te vi en el baile, tan guapa con tu vestido blanco y esa sonrisa en tu cara.

A pesar de los muchos años transcurridos, a Vicenta le agradó escuchar a su marido y volvió a sonreírle, aunque Salvador solo pudo ver los pocos dientes que le quedaban y los huecos donde antes habían estado las hermosas piezas blancas que formaban su dentadura. Instintivamente volvió a levantar la mano y esta vez sí se rascó la cabeza, produciendo un ruido como el de unos palillos al tocar un tambor. «Después de tantos años, ninguno de los dos es perfecto», pensó.

—Muy bien —continuó Vicenta, ajena a las peregrinaciones mentales de su marido—, y ahora dime, ¿cuándo te diste cuenta de que me amabas?

Salvador se quedó un momento pensativo, aunque no perdió el ritmo del balanceo, ni siquiera cuando la puerta del salón se abrió poco a poco y un gato negro entró silenciosamente en el salón, miró a su alrededor con aire de gallo en un corral de gallinas, y se subió al alféizar de la ventana.

—Supongo que fue el día que te enfadaste conmigo por el asunto de tus primos y yo te dije que podías quedarte con todos tus primos y demás parientes, pero que yo me iba.

—Pero luego volviste —señaló ella.

—Luego volví —convino—. Me di cuenta de que mi vida me gustaba más cuando tú estabas en ella, cuando te tenía cerca, y no quise perderte, ni siquiera por tus parientes, ni por tu carácter mandón, ni por todos los defectos que pudieras tener.

—Y por eso te casaste conmigo.

—Nos casamos —puntualizó Salvador—, este es un compromiso de los dos.

Vicenta asintió.

—Para siempre —aseguró—, eso me dijiste, que me amarías por toda la eternidad y permaneceríamos siempre juntos. Y yo te dije lo mismo. Nosotros lo hemos cumplido —comentó, y su tono de voz se empañó de tristeza—, ¿no podría alguno de nuestros parientes…?

No terminó la frase y un sollozo le subió a la garganta, pero quedó ahogado por las cinco sonoras campanadas con las que el reloj declaró que pronto amanecería.

—Vamos, mujer —la animó Salvador—, ya verás que sí. Seguro que tenemos por ahí algún pariente que encuentra el amor de verdad y al que podamos dejarle la mansión para que nosotros y esta casa descansemos en paz.

Salvador quitó su mano de la mecedora y lo extendió hacia Vicenta. Ella alargó su huesudo brazo y tomó esa mano descarnada que tantas veces, en vida, la había sostenido y consolado, y que aún permanecía junto a ella después de traspasar el umbral de la muerte.

El rítmico balanceo de las mecedoras se fue deteniendo poco a poco. El gato maulló desde la ventana mientras observaba cómo se desvanecían, una noche más, los dos fantasmagóricos esqueletos. Amantes de hueso, que ya no de carne.

La casa, con sus múltiples ojos cansados por más de cien años de espera, ni siquiera parpadeó; se limitó a vigilar la llegada de nuevos parientes con la esperanza de que entre ellos se hallase un heredero digno del verdadero amor.

El lucero del alba brilló con fuerza anunciando un nuevo amanecer y quizás, solo quizás, una nueva esperanza para aquellos dos pobres muertos de amor.

 

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