Argmenon. Capítulo 3

Capítulo III

La huida

Llevaba corriendo un buen trecho. Nunca había imaginado que el pasillo fuese tan largo. Efectivamente, no debía serlo en línea recta, pero en muchas ocasiones se había encontrado con bifurcaciones, en las que había escogido siempre hacia la derecha, como le advirtió Radhí. En aquel momento había perdido ya la orientación de bajo qué parte del castillo se encontraba.

Se detuvo para tomar aliento. Respiró profundo y escuchó. Casi podía oír los latidos de su propio corazón. Pero no, aquellos golpes provenían de los tambores, cuyo sonido llegaba hasta él de forma nítida y clara. Debían de estar mucho más cerca o quizás él se hallaba a pocos pasos de la salida.

Tanteó con su mano la bolsa con las rosas para asegurarse de que todo estaba en orden, y emprendió de nuevo su carrera. Unos cien metros más adelante se encontró con otro cruce de caminos, y, sin pensarlo dos veces, se lanzó hacia la derecha, pero un ruido seco lo hizo detenerse. Se pegó a la pared en la parte en que la luz de una lámpara producía una sombra informe.

chico con antorcha

—¡Vamos, vamos!, ¿a qué esperáis? Demoled ya esa maldita pared.

La voz ronca y pastosa llegó hasta él con claridad. Irgam sintió que un frío helado le invadía el cuerpo. Volver sobre sus pasos le pareció una locura. Probablemente el castillo debía de estar lleno de Osyawin buscando las rosas. ¿Ir hacia adelante? No sabía cuántos eran sus enemigos, y dada la situación de desventaja en la que se encontraba, como un conejo atrapado en su madriguera, preveía un mal final para la aventura que apenas acababa de iniciar. Un tremendo golpe hizo temblar las paredes.

—¡Pedazo de inútiles! Solo sois escoria, no valéis para nada. Así no terminaremos nunca. ¡Vamos, con más fuerza! No podemos quedarnos aquí toda la noche.

Le quedaba aún otra opción. Tomar uno de los caminos de la izquierda. Lástima que Rahdí no le hubiese dicho a dónde conducía ese lado. Otro pensamiento se insinuó en su mente. ¿Y si Radhí le hubiese mandado ir siempre hacia la derecha con el único propósito de hacerle caer en manos de los Osyawin? Resonó otro potente golpe y la tierra pareció vacilar.

—Muy bien. Venga, otro golpe más. Ya está cediendo. ¡Hey, tú! ¿Qué haces rondando por aquí? ¡Ponte a hacer algo, maldito holgazán, si no quieres que te abra tu dura cabeza de un puñetazo!
—¡Claro que estoy haciendo algo, Draivo! —se quejó el hombre—. Voy hacia la entrada principal. Ya rompieron las puertas y estamos penetrando en el castillo.
—¿Y los soldados de Therram?
—Hay muchos cadáveres en la plaza de la ciudad. No saben pelear estos campesinos. Otros de esos tipos han sido hechos prisioneros y queda todavía un grupo defendiendo al rey.
—¡Ah! ¿Urrok no se ha hecho todavía con esa presa? —preguntó Draivo riendo de buena gana—. Si no lo logra, Argmenon lo matará por inútil. Bien —dijo frotándose las manos con avaricia—, tal vez sea esta mi oportunidad para llegar a capitán general. —Su voz no disimulaba la ambición que crecía en él—. ¿Por qué os habéis parado, idiotas? ¡Seguid, venga, seguid!

Otro golpe. Irgam comenzó a sudar frío. Tenía que decidir pronto. Ahora las posibilidades se reducían a dos. Después de lo que había oído, le pareció que volver al castillo no serviría de nada. Enfrentándose a aquellos hombres que trataban de derribar la puerta del pasadizo, tal vez tendría una oportunidad. Si escogía volver sobre sus pasos y tomar el camino hacia la izquierda, se enfrentaba a un destino desconocido. Otro golpe hizo retumbar las paredes. Uno más y la pared habría cedido. Irgam tomó una decisión.

Se movió rápido y comenzó a apagar las lámparas de óleo para que la luz disminuyera. Se fue acercando sigilosamente hacia el final del pasillo. Las voces parecían estar casi al lado. Respiraba entrecortadamente. ¿Iba a fallarle al rey? No, no podía fallarle. No debía fallarle a Therram. Sacó el cuchillo que llevaba atado a la cintura y rápidamente tanteó la pared de piedra buscando cualquier grieta, una abertura que pudiese agrandar y hacer un hueco donde esconder las rosas. Palpaba las piedras una y otra vez tratando de moverlas, pero ninguna cedía.

Se escuchó un ruido como de rocas que se desmoronaban. La pared ha debido ceder ya, en pocos minutos los tendré encima, pensó. Siguió buscando, pero resultaba imposible. La pared era maciza. Se apoyó sobre ella. Había hecho lo que había podido; ahora era demasiado tarde para seguir la otra opción. Sus ojos se fijaron en el muro de enfrente, débilmente iluminado por el resplandor de una lámpara lejana, y entonces lo vio. Allí había un hueco. Una de las rocas se había partido abriendo una grieta. Lo más veloz que pudo clavó su cuchillo en la arenilla alrededor de la piedra e hizo que saliera el resto. Sacó la arena que se había acumulado en el interior, colocó la bolsa con las rosas y cubrió de nuevo el agujero. Un golpe sordo, seguido de un estruendo causado por un derrumbe, llegó hasta sus oídos. Rápidamente se escondió entre las sombras y esperó.

—¡Adelante, entrad! ¡Encended alguna antorcha!

Escuchó el rumor de armaduras y pies que se arrastraban. Si entraban con las antorchas estaría perdido. Bien, sea, se dijo, pero antes de acabar conmigo, yo acabaré con algunos de ellos… Apretó con firmeza la mano alrededor de la empuñadura del cuchillo y sacó la espada. Sentía en su alma lo que siempre había escuchado: Los verdaderos soldados se crecen ante el peligro. Esperó. Todos sus músculos en tensión aguardando el ataque. Debía aprovechar el elemento sorpresa. Seguramente no esperaban encontrar a nadie allí. Los pasos resonaban más cerca. El ruido producido por el chocar de las espadas y hachas contra las armaduras negras de los Osyawin, llegaba con claridad a sus oídos. Se apretó aún más contra la pared.

*****

—¡Vamos, asquerosas sanguijuelas, derribad ya esa maldita puerta si no queréis que os rompa el cuello uno por uno!

Urrok estaba furioso. Entrar en la ciudad había sido demasiado fácil gracias a la ayuda del traidor. Les había abierto una puerta de la muralla por la que se había introducido una avanzadilla que, gracias al elemento sorpresa, había acabado pronto con los guardias que custodiaban la entrada principal de la ciudad. Combatiendo desde dentro y desde fuera, pronto habían logrado hacer trizas las puertas para dejar entrar al resto del ejército. Los habitantes de la ciudad no habían podido detenerlos, no estaban entrenados para el combate; y los soldados no podían enfrentarse solos al numeroso ejército de Argmenon.

Urrok se había dirigido inmediatamente al palacio del rey para capturarlo; pero parecía que esto no iba a resultar tan fácil. Acompañado de sus mejores soldados y hombres de confianza, Hàdam se había refugiado en una de las habitaciones más alejadas de la muralla oeste. Sabía que irían por él. Poniéndoselo difícil, quería darle tiempo a Irgam de atravesar la ciudad hasta la parte de la muralla oeste que se le había indicado para el escape.

—¡Intentadlo de nuevo! ¡Golpead con más fuerza, maldita sea! —gritó Urrok fuera de sí. Aquellas gigantescas puertas de bronce seguían sin ceder.

—Majestad, las puertas siguen intactas, por ahora estamos a salvo.
—Gracias, Iragum. Debemos entretenerlos todo lo que podamos. Está en juego el futuro del reino.
—Sí, Señor.

El soldado se retiró a su puesto.

Sentado frente a una mesa de madera de roble, Hàdam meditaba en los acontecimientos de los últimos tiempos. ¿Alguna vez su padre o su abuelo se habrían visto en la misma situación que él? Allí, encerrado en una habitación, sin ninguna salida. Atrapado. Esperando que Argmenon lo capturase… o lo matase. La perspectiva no era alentadora. La única posibilidad que tenían era que Argmenon se apiadase y dejase de sitiarlos. Pero Hàdam no se sentía tan optimista. Sabía lo que Argmenon buscaba, y estaba convencido de que no cejaría en su empeño hasta encontrar las rosas. Además, aquel hombre, si es que se le podía llamar así, no conocía lo que eran la compasión ni la piedad. Se alegró de haber sacado de la ciudad a su mujer y a su hijo antes del asedio. Ahora estarían a salvo.

rey hadam

Dejó que la cabeza descansara entre sus manos. Pensó en su hijo. Era tan sólo un niño y ya no lo volvería a ver, de eso estaba seguro. ¿Tan grave era la culpa que había cometido para merecer el castigo de no ver crecer a su propio hijo, de no volver a abrazar a su esposa?
Un nuevo golpe retumbó en las puertas y lo sacó de sus cavilaciones. Echó un vistazo a su alrededor. Vio los rostros cansados y abatidos de sus guerreros. Todos ellos sabían a lo que se enfrentaban, pero habían sido fieles. Habían optado libremente por permanecer a su lado. Aquel heroísmo lo había conmovido. Vio el rostro de Iragum. Un joven guerrero, fuerte, valiente, y muy noble, que muchas veces había arriesgado su vida por él. La mañana que su esposa y su hijo dejaron la ciudad, Iragum había tratado de convencerlo para que él también escapara, pero Hàdam no había querido abandonar a su pueblo. Tal vez aquel sacrificio suyo podría redimir su culpa. Iragum no lo había comprendido, pero había obedecido, y desde ese momento se había comprometido a no dejarlo solo. Y ahora, ahí estaba, firme, con la cabeza alta, enfrentando la esclavitud o la muerte con valor. Vio a Perghaim. Un veterano. Aguerrido y luchador. Iskasil, Lethiam, Varemon…, todos conocidos, todos queridos.

Hàdam se detuvo en sus pensamientos. Algo había llamado su atención. No se oía nada. No había golpes. Al otro lado de la puerta reinaba el silencio.

*****

Los pasos se oían mucho más cerca. Desde donde él estaba, justo antes de la curva final de la galería, no podía ver cuántos eran los hombres. Rezaba para que no fuesen demasiados. Se preparó para atacar a los primeros de ellos en cuanto pasasen. Pronto esperaba ver la luz de la primera antorcha.

El ruido, que hasta ese momento había escuchado cada vez más cerca, comenzó a desvanecerse poco a poco. Irgam flexionó las piernas y permaneció en tensión dispuesto a saltar. Pero el ruido se transformó en silencio. Tal vez se habían detenido. Esperó unos minutos más sin despegarse de la pared. Aquel vacío de sonido comenzaba a ponerlo nervioso. ¿Quién sería el primero en atacar? Una sombra fugaz pasó por la pared. Irgam contuvo un impulso repentino de saltar contra ella. Tenía que ser paciente, pero con la humedad del pasillo, las piernas y los brazos en tensión comenzaban a entumecerse. Esperó varios minutos más. El silencio era penetrante. Una pequeña sombra vacilaba en la pared. Con precaución, se agachó y comenzó a caminar pegado al muro hasta llegar casi al recodo donde comenzaba la curva, y ahí, con toda la agilidad de su cuerpo joven, saltó al centro del pasillo dispuesto a afrontar la muerte.

Ante la brusquedad del movimiento, una rata gris chilló y salió corriendo a buscar refugio. La sombra de la pared desapareció. El pasillo se encontraba vacío. Ante él había solo una vieja puerta de madera sin trazas de haber sido golpeada y menos aún derrumbada. ¿Dónde estaban los hombres que hacía poco había escuchado hablar? No vio ninguna otra salida. Quizás haya un pasillo paralelo por el camino de la izquierda, pensó. De ser así, ¿tendría comunicación con ese?
No quiso pensar más. Volvió sobre sus pasos y sacó las rosas de su escondite, cuidándose de colocar de nuevo la piedra sobre el agujero. Después corrió hacia la puerta. El leño era viejo, pero sólido. Empujó, pero nada se movió. Tiró hacia sí. Nada.

—¡Maldita sea, no tengo tiempo para dedicarme a abrir puertas cerradas! —exclamó—. Radhí tendría que haber previsto esto.

Tampoco podía perderse en lamentaciones. Los hombres que había escuchado pasar podían volver a hacerlo, y para abrir la puerta él tendría que hacer ruido. Además, ¿qué le esperaba al otro lado de la puerta?

Se puso enseguida a trabajar. Controló la cerradura y los goznes. Era casi imposible sacar la puerta de sus goznes, sin contar con la fuerza que necesitaría para levantarla; y, además, perdería demasiado tiempo. Se fijó con más detenimiento en la cerradura. Era vieja y estaba oxidada. Hacía mucho que no la usaban. Pero no era invulnerable. Trató de encontrar algo que le fuera útil. Consiguió arrancar un pequeño alambre del cinto de su espada, y ayudándose de la punta del cuchillo, logró introducirlo en el borde exterior de la cerradura. Manipuló una y otra vez la abertura esperando que en algún punto cediera, pero no logró nada, tan solo que el alambre se partiese a la mitad. Ahora resultaría mucho más difícil. El tiempo corría. Si no salía pronto de allí y llegaba a la muralla oeste, el sacrificio de todos los demás no habría valido la pena. Su rostro se endureció. Apretó con firmeza la mandíbula y con un gesto de decisión acometió de nuevo la tarea. Sobresalía tan solo un pequeño pedazo de alambre del borde exterior de la puerta. Lo cogió con cuidado y lo giró sobre sí mismo, una y otra vez, moviéndolo al mismo tiempo hacia arriba y hacia abajo… Un clic llegó a sus oídos con claridad. Se puso de pie. Tomó la espada con las dos manos e introduciéndola en la ranura entre la puerta y la pared, tiró hacia sí haciendo presión.

El aire fresco de la noche le golpeó la cara. Por la abertura no cabía todavía un hombre. Tendría que abrirla aún más. Trató de echar un vistazo por la rendija, pero no se veía nada. Con cuidado, tomando la puerta con las dos manos, trató de levantarla para abrirla, evitando así que pudiese chirriar demasiado. Se sorprendió cuando notó que no hacía nada de ruido al abrirse, a pesar de lo oxidados que parecían estar los goznes. Metió el cuchillo en la funda y trató de salir. La oscuridad que había visto a través de la rendija era provocada por un espeso matorral que cubría la puerta escondiéndola, probablemente, de cuantos no conociesen el pasadizo. Las ramas estaban bien trenzadas. Después de probar a moverlas en todos los puntos, se dio cuenta de que solamente podía salir por su lado izquierdo, por la parte de abajo. Asomó la cabeza. La calle estaba desierta. Para llegar al punto de la muralla oeste que le había dicho Radhí, tenía que recorrer dos calles y luego doblar a la izquierda en un pequeño callejón. Enfrente se encontraba el matorral que cubría la salida hacia el exterior de la muralla. Todo sería sencillo si no tropezaba con nadie. Quizás en ese momento se encontrasen todos reunidos en otro lado, o gozando del botín, porque era seguro que aquellos bárbaros habrían saqueado ya la ciudad. Un ruido de pasos lo obligó a refugiarse de nuevo detrás del matorral. Lo más deprisa que pudo y tratando de no hacer ruido, cerró la puerta del pasillo para evitar que la luz de las pocas lámparas que había encendidas lo delataran. Una vez cerrada la puerta ya no había marcha atrás.

—Sí, dicen que al rey aún no lo han cogido. Se ha refugiado en una de las salas laterales del castillo. No tiene acceso por ningún lado más que por la puerta principal, pero aún no han logrado derribarla.

Dos hombres pasaron delante de él. Arrastraban a un pobre campesino tras de sí.
—¿Y el traidor? —preguntó su compañero.
—¿Quién?, ¿el tipo ese que nos abrió la puerta lateral de la muralla para entrar? Ya sabes cómo piensa Argmenon, un traidor lo es siempre y en cualquier bando. No me extrañaría que ya se lo hubieran dado de cena a los tysarus —respondió con sorna. Los dos hombres estallaron en carcajadas.

Irgam pensó que tal vez podría saltarles por detrás, tomarlos por sorpresa y así liberar a ese desdichado al que arrastraban sin miramientos. Esperó a que pasaran. Estaba a punto de salir cuando se dio cuenta de que aquel hombre estaba ya muerto. Iba dejando tras de sí un reguero de sangre que le brotaba de un costado, en el que se podía ver todavía un cuchillo clavado hasta su empuñadura.

Se retiró hacia dentro y se apoyó en la pared. Le dolía ver a su pueblo así, derrotado y humillado, masacrado por gente sin ninguna compasión. Cada vez comprendía con mayor claridad la importancia de su misión. Además, el rey todavía seguía vivo; y tal vez, escapando, podría tener una oportunidad para ayudarlo. Se aseguró de que los hombres estuviesen ya lejos, salió de su escondite y echó a correr en dirección opuesta, hacia el sur. Las sombras de la noche lo ocultaron cuando penetró en una de las calles.

*****

Los ojos de todos se hallaban fijos en las inmensas puertas de bronce. Era tal el silencio reinante que cada uno podía escuchar su propia respiración. No se movían. Demasiado engañoso para no ser una trampa; demasiado fácil si se hubiesen ido. Poco a poco comenzaron a oír una voz profunda, como un canto rítmico… Sij Rashim veniar rajum…

—¡Argmenon!

Pronunciar ese nombre, aunque tan solo susurrado, llenó los corazones de los presentes de un profundo desaliento. Era como si, al pensar en él, una densa oscuridad se apoderase de ellos. Solo Iragum demostraba no afectarle aquel cántico ritual. Permanecía tranquilo. Apoyado en la pared, con los ojos entrecerrados, parecía rezar.

Cuando Argmenon había aparecido ante la puerta, habían cesado de golpearla y se había hecho un gran silencio. Era evidente el temor que infundía en sus hombres. Urrok lo miraba con una mezcla de odio y admiración mientras lo escuchaba pronunciar aquellas palabras que ya en otras ocasiones había podido oír. Argmenon invocaba a las Sombras, los Rashim…

Hàdam pasó una mano sobre sus ojos cansados. Una sombra cruzó ante ellos. Seguían estando ellos solos, y sin embargo, se sentían inquietos. Podían percibir entre ellos una presencia extraña. ¿Es este el fin de todo?, se preguntó Hàdam. Había perdido a su esposa y a su hijo. Había perdido a varios de sus amigos y conocidos. Había perdido el reino. Y ahora, iba a perder también la vida. Sintió en aquel momento que sus fuerzas desfallecían. Cuando recibió las rosas, mucho tiempo atrás, experimentó una gran alegría. Pensaba en el don que significaban para su pueblo; poder mantener el reinado poderoso, magnífico, tal como habían hecho su padre y su abuelo. Él solo tenía que mantener las rosas en un lugar oculto y no revelar a nadie su secreto. Pero el brillo del Cristal de Luz, su trasparencia, su poder oculto, comenzaron a atraer su atención, y poco a poco fue dedicando más tiempo a ellas, a mirarlas, a acariciarlas, y a pensar que tal vez podría usarlas de otro modo para el bien del reino. Hasta que un día Radhí lo descubrió, y le aconsejó que dejase de hacerlo, que no jugase con el poder de las rosas. Pero él era solo un sirviente. Sí, fiel a su padre, y al padre de su padre antes de él, pero, al fin y al cabo, solo un sirviente, ¿qué podía saber él de lo que convenía al reino?

rosas
Sin embargo, tenía razón. Se dejó llevar por un deseo ilusorio, por una sed de poder, y desconfió de las revelaciones que se le habían hecho, pensando que el Gran Maestro era solo una leyenda, pero que él sí podría convertirse en un gran maestro del Cristal de Luz. Reveló el secreto de la existencia de las rosas a su mejor amigo, para que él le ayudase a descubrir los poderes que tenían, para que encontrase el secreto de su fabricación. Y ahora ese amigo, Harrem, había sido la causa de la caída del reino y de la pérdida de todo lo que más quería.

Thair Rashim meriot hanam…

La voz hipnótica de Argmenon seguía llegando hasta sus oídos.

—¿Qué es lo que pretende? —dijo Hàdam para sí—. Ya ha vencido. Estamos atrapados. Sabe que no tenemos escapatoria. ¿Para qué resistir más? Nos matará de todas formas. ¡Abrid…!

No alcanzó a terminar la frase. Un grito lo interrumpió.

—¡Nooo! —Iragum miraba a sus compañeros y al rey. En sus ojos brillaba un desafío—. ¡Vaciad vuestras mentes, no penséis más. Apartad los pensamientos que tenéis. Son los Rashim, las Sombras. Os llevan al desaliento, a la desesperación. Os muestran vuestras debilidades, aquello en lo que fallasteis, para que creáis que ya no vale la pena seguir adelante. ¡No es verdad! ¡Vale la pena luchar hasta el último minuto, por nuestras familias, por nuestros compañeros, por Therram!

Todos comprendieron las palabras de Iragum. Sacudían la cabeza tratando de sacar los pensamientos, pero el desánimo los vencía.

—Yo creo que es mejor rendirse. ¡Ya no hay esperanza! Todos han muerto.

Perghaim se levantó y se acercó a la puerta. Iragum se interpuso entre él y la entrada. Estaba dispuesto a combatir hasta donde sus fuerzas se lo permitieran, pero no quería herir a ninguno de sus compañeros.
—No, Perghaim. No es verdad, y tú lo sabes. ¡Despierta, maldita sea! Acuérdate de la batalla de Ástenor. Tú nos llevaste a la victoria, ¿recuerdas? Y la situación parecía desesperada, pero tú no perdiste la fe en tus hombres.

Perghaim pareció reaccionar ante esas palabras.

—Es inútil, Iragum. Hay que hacerlo. Todos hemos fallado. No hemos sabido luchar.

Iragum se giró hacia el otro lado, al lugar de donde procedía la voz. Dos hombres permanecían en pie. Dos guerreros a los que él había visto batirse con bravura ante enemigos feroces; ahora estaban abatidos, con los brazos caídos. Se habían rendido antes de luchar.

—¡Venga, despertad. Abrid los ojos. Todo es un engaño!

Pero el cántico de Argmenon seguía resonando y quebrantando hasta los corazones más aguerridos. Iragum sacó su espada. Pensó que no se atreverían a luchar contra él, que despertarían al darse cuenta de lo que pretendían hacer. Pero se equivocó. Los cinco guerreros sacaron sus espadas. Iragum se dispuso a afrontarlos. No podía matarlos. Tendría que tratar de dejarlos fuera de combate sin causarles graves daños. Confiaba en su fuerza y destreza, y en su cariño hacia ellos. Pronto le llegó el primer golpe que paró en seco. Después otro, y otro, y comenzó una frenética y desesperada lucha.

—¡Alto! —ordenó el rey con una voz de mando que resonó a sus espaldas. Pareció como si todos despertasen de un sueño—. Ya no vale la pena vuestra lucha.

Iragum estaba a punto de responder cuando se percató de que las puertas estaban abiertas y Argmenon frente a ellos, mientras sus hombres los rodeaban. Había sido Hàdam, el mismo rey, quien los había dejado entrar.

—¡Urrok! —llamó Argmenon—, ¡las espadas!

Urrok mandó a dos de sus hombres que desarmasen a los prisioneros. El rostro de Hàdam estaba lleno de tristeza. Ahora él había sido el traidor. Miró a Iragum que permanecía erguido, mostrando la madera de la que estaba hecho, pura nobleza y lealtad. Ninguna queja, ninguna palabra de desprecio contra sus compañeros salió de su boca.

—Urrok —dijo Argmenon mientras valoraba uno por uno a los prisioneros—, déjame a solas con el rey. Con los demás, ya sabes lo que tienes que hacer; los fuertes a Odnumar, los débiles…

Argmenon se detuvo frente a Iragum y clavó en él sus ojos, como si tratase de leerle el alma.

—A este —se giró dando la espalda a Iragum— …mátalo. Hay demasiada nobleza en su corazón; nunca podrá llevar el medallón y podría resultar peligroso en las minas de esclavos.
—Así se hará, Shatai.

Se llevaron a todos.

Hàdam no pudo decir palabra. Estaba completamente destruido. Se daba cuenta hasta dónde llegaban las consecuencias de su debilidad pasada.

—Ya sabes lo que quiero de ti.

Argmenon rondaba alrededor del rey como un halcón ávido de presa.
—Ya tienes todo lo que podías tener —replicó Hàdam.
—Me parece que no me has entendido bien —susurró Argmenon. Su voz tenía un acento de amenaza.
-—Al contrario —respondió Hàdam—, te he entendido perfectamente, pero no puedo darte lo que ya no poseo.

Estaba decidido a no facilitarle las cosas a su enemigo. Argmenon llamó a uno de sus hombres y le susurró algo al oído. Este salió de la estancia.

—Así que el rey Hàdam todavía puede hacerse el valiente —dijo con ironía—. Bien, ya has arriesgado la vida de tus hombres y de tus ciudadanos, ¿quisieras también arriesgar la vida de tu esposa y de tu hijo?

El rey se inquietó. No podía ser. Elethia y su hijo Kaino habían salido de la ciudad muchos días antes de que la asediasen. Argmenon no podía saber que se habían ido y mucho menos podía saber a dónde, a menos que…

—¡Aquí está, Shatai!
—¡Harrem! —gritó Hàdam—. ¡Maldito seas!

¿Era posible que se hubiese vendido hasta ese punto? Temió por las vidas de su mujer y de su hijo.
—¡Argmenon!, di a tus brutos que me suelten, ¿o es que no saben que yo estoy contigo? Ya cumplí mi parte del trato, ahora te toca a ti cumplir la tuya —vociferó lleno de ira.
—¡Ah, sí!, la mitad de mi reino. Pero, no tan rápido, Harrem. Aún no he visto esas rosas de las que me hablaste. Mientras no las tenga en mis manos el trato no está cumplido.
—¡Están ahí! — señaló hacia la chimenea.
—¡Bastardo! —bramó Hàdam. Trató de lanzarse sobre Harrem, pero un soldado se lo impidió con un golpe.

Mientras tanto, Argmenon se había dirigido hacia la chimenea y la estaba examinando. Encontró las huellas de la piedra apenas removida, y no le fue difícil descubrir el agujero. Metió la mano, pero no encontró nada. No se decepcionó. No había supuesto a Hàdam tan tonto como para no cambiar de escondite las rosas después de saber que había sido traicionado.

—Pues no, Harrem. Aquí no están. Y ahora, ¿qué me sugieres?

Aquel modo de hablar sereno, entre la ironía y la amenaza, producía un efecto devastador en quienes lo escuchaban. Harrem se puso nervioso.
—No puede ser. Estaban ahí, ¡lo juro! Todas las tardes venía aquí y yo, escondido, observaba cómo las sacaba, las miraba y las acariciaba como a un tesoro. Tienen que estar ahí —agregó desesperado. Se revolvió tratando de escapar de las manos fuertes que lo aferraban.
—Me has fallado, Harrem —repuso Argmenon sacudiendo la cabeza lentamente. La capucha mantenía su rostro oculto en las sombras. Harrem lo miró y solo vio oscuridad; sintió como si hubiesen dictado una sentencia contra él.
—¡No, no es verdad. Están ahí, tienen que estar! ¡Hàdam, díselo tú; dile que las rosas…! —no continuó. Hàdam había bajado la cabeza. No podía mirar a los ojos a Harrem—. ¡Tú, claro, fuiste tú. Tú las cogiste. Tú las quitaste de ahí antes de que llegásemos! Dinos, ¿dónde las pusiste?
—Está claro que tú no entiendes de métodos para hacer hablar a la gente, Harrem. Te falta… diplomacia —comentó Argmenon con ironía.

Vestía de negro. Pantalones de cuero con unas botas de caña alta, un peto negro con cintas de cuero trenzadas encima de una camisa del mismo color, guantes de piel, y la capa con la capucha. El único toque de color era un colgante con una piedra roja como el fuego, una piedra preciosa sin tallar. Mientras paseaba arriba y abajo de la habitación, parecía un espectro de la oscuridad.
—Tiene que haber otro escondrijo, otro lugar… —repuso Harrem nervioso. Sabía que de ello dependía el que Argmenon cumpliese su promesa— o, tal vez, otra persona —sugirió. Hàdam levantó la cabeza de golpe; se acordó que Harrem se había cruzado con Irgam. Aquel gesto lo delató —. ¡Claro, eso es! —exclamó Harrem con una sonrisa de alivio—, ¡el muchacho! Me lo crucé al entrar.
—Él no tiene nada que ver.
—No sabes mentir, Hàdam. Nunca supiste, y eso te ha perdido siempre —comentó Harrem con desdén. Ahora se sentía de nuevo seguro.
—Y tú, Harrem, nunca has sabido distinguir a un mentiroso. ¿Crees de verdad que él te dará algo? Eres un estúpido. Terminarás igual que los demás, siendo su esclavo.

Hàdam trataba de ganar tiempo.
—¿De qué muchacho hablas? —lo interrogó Argmenon. Su voz sonó como el filo de una espada al cortar el aire—, ¡explícate!

Harrem le habló del joven al que había visto cuando los soldados lo introdujeron en el salón del rey después de haberlo capturado. Estaba seguro de que él tenía las rosas. Argmenon quiso saber cómo era. Harrem trató de acordarse. Alto, rubio, fuerte, como de unos veinte años o menos, vestido con ropa militar, aunque pudiera ser que no hubiera salido así del castillo… Cuando Argmenon tuvo toda la información, mandó a algunos de sus hombres que lo buscasen por todo el castillo y que se lo trajesen vivo.
—¡Urrok!, ya puedes llevarte a estos dos.
—Sí, Shatai.
—Pero ¿y el trato? —gritó Harrem presa del miedo.
—¡Ah!, rey Hàdam, en una cosa tenías razón, soy un mentiroso. Pero te equivocaste en lo de que haré de Harrem mi esclavo…, —dijo con voz sibilante. Harrem pareció respirar aliviado—. No, haré que lo maten. No me gustan los traidores.

Se oyó el grito desesperado de Harrem mientras los guerreros se lo llevaban arrastras. Hàdam salió detrás, pero lo condujeron en otra dirección. Sintió pesar por quien había sido su mejor amigo.

*****

Cruzó las calles velozmente y llegó al callejón. Hasta aquel momento no había tenido tropiezos. Pero al examinar la salida del callejón, se dio cuenta que había patrullas de ronda por la zona, pues se encontraba al lado de la muralla y de una de las puertas que conducían al exterior. Cruzó ante él una primera patrulla. Irgam calculó cuánto tardarían en dar la vuelta y volver a pasar otra vez frente a él. Tenía poco tiempo para atravesar la calle, levantar el matorral junto a la muralla, lograr abrir la puerta y salir antes de que fuese visto.
No podía perder ni un minuto más; se había entretenido demasiado en el interior del castillo como para que no se hubiesen enterado ya de la desaparición de las rosas y estuviesen buscándolas por todas partes. Apenas pasó la patrulla y se alejó un poco, él corrió hacia el matorral y probó a moverlo comenzando desde abajo, recordando que el anterior tenía ahí la abertura. Pero esta vez no cedió ni una sola parte. Murmuró una imprecación. ¿Se habría equivocado y no estaba ahí la salida? No tenía tiempo de comprobarlo. Los minutos pasaban y la patrulla volvería a aparecer en cualquier momento. Sacó su cuchillo y comenzó a cortar ramas desde abajo hasta lograr una abertura por la que pudiera pasar. Después de un rato logró abrir un hueco que le permitió adentrarse. Se oían ya los pasos de la patrulla que se acercaba. Si se había equivocado y el matorral no estaba hueco por dentro, sería hombre muerto.
Metió la cabeza. El hueco era estrecho, pero cabía en él. Introdujo el cuerpo y apenas logró meter los pies cuando la patrulla llegó. Se apoyó contra la muralla y se dio cuenta de que las piedras cedían. ¡Ahí estaba la puerta!

—Y entonces aposté mi dinero a ese traidor de Virko, y lo perdí todo.

Los dos hombres se detuvieron delante del arbusto. Irgam contuvo la respiración. Confiaba en que la escasa luz no permitiese que los hombres se fijasen en las ramas que había cortado. No le había dado tiempo a esconderlas todas.
—¡Pero si Virko es un imbécil! El día menos pensado uno de los tysarus por los que apuesta le arrancará de un mordisco el brazo, o tal vez la cabeza.
—¡Si ese animal es capaz de tragarse a esa bazofia de Virko como comida, entonces sí le apostaría todo mi dinero a ese tysarus!

Las sonoras carcajadas de los dos hombres resonaron en la noche.
—¡Eh, vosotros! —la voz provenía de más arriba de la calle—. ¿Os habéis topado con un muchacho rubio, alto, de unos veinte años?

Irgam tensó los músculos. Lo estaban buscando. ¿Habrían atrapado al rey o habría sido traicionado por Radhí?
—No, por aquí no ha pasado nadie.
—Pues estad alertas. No debe escapar. Argmenon lo quiere vivo, ¿entendido? Así que poned atención a vuestra ronda.
Escuchó los pasos que se alejaban.
—¡Qué fastidio!
—Venga —dijo su compañero—, abramos bien los ojos y sigamos la ronda. Si está por aquí no andará muy lejos.

Empezaron de nuevo a caminar.

Al poco tiempo Irgam ya no escuchó ningún paso. Se giró y palpó la piedra que había cedido cuando se apoyó a causa de la estrechez del escondite. Empujó y la piedra fue hundiéndose hasta que dejó espacio libre para el paso de un hombre. Se arrastró por el suelo y comprobó que no hubiese nadie del otro lado. Aquella parte del campo se encontraba desierta. A unos ochenta metros delante de él había un bosque. Según Radhí le había dicho, ahí encontraría un caballo con el que huir.

bosque 1
No quiso levantarse por si había algún centinela en la muralla. Tumbado en el suelo, volvió a colocar la piedra tapando el agujero y se arrastró en dirección al bosque. En el cielo brillaban las estrellas. Tardó un rato en recorrer el camino. Cuando se hallaba a unos cinco metros del bosque, se levantó deprisa y echó a correr con todas sus fuerzas hasta penetrar en el interior del mismo.

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